-
Mostrando entradas con la etiqueta Anécdotas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anécdotas. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de febrero de 2018

3

Lo que se hereda no se roba

El dulce de membrillo salpica.

Por eso, allá por los 50, mi abuela Blanca se mandó hacer un banco alto, cómodo, para sentarse en él y poder revolver el dulce de lejos. Cuando la familia se mudó a la capital, una decena de años después, la abuela se trajo el banco consigo.

A la abuela le quedaban deliciosos los dulces; los tengo claros en la memoria y el paladar, así como su imagen. Parece que la veo, sentada en su banco alto -haciendo naranjas en almíbar para mamá, la jalea de guayabas del tío Heber, o el dulce de higos enteros que tanto me gustaba- con las piernas trabadas en las patas de madera y una cuchara larga en la mano, revolviendo de lejos para no quemarse con el azúcar caliente y rebelde.

Hoy en día el banco está en casa. Se tambalea un poco y está lisito de tantas capas de pintura, pero sigue firme y cómodo. Lo uso para sentarme a una distancia prudente cuando tengo que revolver la jalea de limón, o la crema de maracuyá, o la mermelada de frutillas que adoran mis hijas.

Porque si me acerco mucho, me quemo.




miércoles, 5 de junio de 2013

10

Con eñe


Hace un tiempo mi querida laptop se me murió. La pobre hizo pip pip pip piiiiiiiiiiip, literalmente –u onomatopéyicamente, mejor dicho. Tal como un monitor cardíaco en sus últimos momentos de utilidad. Una tragedia.

Claro, un uso de casi ocho horas diarias por más de siete años agota a cualquiera. Como dijera Indiana Jones una vez que lo increparon acerca de su eventual cansancio: “No son los años, querida. Es el kilometraje.” No se le podía pedir mucho más a la pobre. Que en paz descanse.

Pero bueno, las máquinas son reemplazables, aun una que me había servido con tanta fidelidad y perseverancia, así que enseguida me aboqué a comprar otra. Busqué precios, marcas, prestaciones y me decidí. Armada con mi tarjeta de crédito y acompañada de mi hija, nos fuimos hasta una de las tantas tiendas de artículos informáticos de Montevideo.

El vendedor un divino, de esos de alma. El discurso se lo sabía todito y me explicaba cosas obvias que ya sabía, mientras me preguntaba a mí misma en qué momento me había puesto tan vieja que el muchacho creía necesario explicarme qué era un puerto USB.

“...cubierta de policarbonato resistente a los golpes, entrada para HDMI, conector de red, fichas de audio y micrófono, multilector de memorias, procesador Intel Core i3 de última generación, 4GB de RAM que puede ampliar a 8GB, disco duro de 500 GB, lecto/grabadora de CD y DVD, cámara web y micrófono incorporados, teclado internacional sin eñe con bloque numérico completo, bluetooth, Windows 8...

Como estaba empatizando con mi madre cada vez que le enseño a usar el control remoto de la canalera del cable, casi me perdí lo último que me dijo, así que tuve que rebobinar.

“¿No tiene eñe?” le pregunté, interrumpiéndolo.

“No. El teclado es internacional, no viene con eñe.” Me contestó como si tal cosa, y agarró impulso para seguir contándome las bondades de la máquina.

“Disculpá, pero entonces no me sirve.”

“Pero mirá que hay un atajo del teclado para ponerla,” se apresuró a decirme, viendo que se le esfumaba la venta, y ahí no se preocupó por saber si yo entendía eso de atajo de teclado o no. “Es rápido, no te complica para nada.”

“Sí, puede ser... ¿pero sabés qué? Yo escribo, soy escritora. No puedo tener una máquina que no tenga eñe. Va contra mis principios. ¿No tenés ninguna con teclado en español?”

Resultó que no, en toda la tienda –que era grande– no trabajaban ningún modelo de ninguna marca con teclados con eñe. Un desastre; me fui con las manos vacías.

Pero lo peor fue que cuando salimos mi hija me dijo: “serás careta, dijiste que eras escritora, ¡si ni en el blog escribís ya!”

Y aunque lo había dicho para taparle la boca al vendedor, porque de escritora tengo poco, bloguera sí soy, o era... ¡mi pobre blog está totalmente abandonado!

Me sentí tan culpable que aquí estoy, después de casi seis meses. Veremos si sigo.



Ahh, y con laptop nueva. Con eñe :)

sábado, 18 de febrero de 2012

54

De nombres y casas

Yo creo que son muy importantes los nombres; como llamamos a alguien o a algo, lo afectará toda la vida. Y no estoy hablando de temas místicos como la numerología o la cábala, sino simplemente a que si le ponés ‘Kali’, ‘Roy Rogers’ o ‘Tesoro’ a un niño (tres nombres que supieron tener sendos alumnos), lo estás condenando a muchas burlas a la hora del recreo.

What's in a name? That which we call a rose
By any other name would smell as sweet.”
~William Shakespeare, Romeo and Juliet


En mi ciudad, es tradicional ponerle nombre a las casas, en vez de números. Y no sé si alguna vez lo han pensado, pero ponerle nombre a una casa es casi tan complicado como ponerle nombre a un niño; supongo que porque en cierta forma, cuando construimos una casa, ésta también se convierte en nuestra criatura.

Mi casa es una cabaña de madera, así que le puse “Huacalli” que significa ‘cajón’ o ‘cesta’ en náhuatl (justo estaba leyendo una novela mexicana que traía un glosario de vocablos náhuatl y sus equivalentes en español, y me enamoré de esa palabra); si la hubieran visto en plena construcción, hubieran dicho que nombre más apropiado no existía, porque mientras no le pusieron el techo, realmente parecía un cajón de madera.




Cuando mis padres construyeron su criatura –una preciosa casa rosada y azul que mira el mar desde uno de los cerros que rodean mi ciudad– mi madre estaba muy ilusionada con la elección del nombre: debía ser un nombre sonoro y significativo (era importante que cumpliera esos dos requisitos), digno de su nueva casa.

Mamá y yo somos muy parecidas: cuando tenemos un proyecto es difícil que no nos entusiasmemos y pongamos muchas energías en lograrlo (solo que ella es más constante que yo, así que su porcentaje de concreciones es mayor); así que desempolvó todos sus diccionarios: el de la RAE, los de sinónimos y antónimos y hasta los de portugués, francés e italiano (inglés no, creo que se moría antes de ponerle un nombre en inglés). Al final, después de mucho buscar, se decidió por:

cimbel.

(Del cat. cimbell, y este del lat. vulg. *cymbellum, dim. del lat. cymbălum, especie de platillos, por alus. a la campanilla empleada como señuelo).


1. m. Cordel que se ata a la punta del cimillo, donde se pone el ave que sirve de señuelo para cazar otras.

2. m. Ave o figura de ella que se emplea con dicho objeto.


Real Academia Española © Todos los derechos reservados

O sea que, básicamente, Cimbel significa ‘señuelo’. Estarán de acuerdo con que es un nombre sonoro y significativo -es una palabra armoniosa y su sentido es apropiado: la casa sería tan bonita que te invitaría como un señuelo. Y lo hace, doy fe; ojalá pudieran conocerla.


El trabajo de semanas de investigación había dado sus frutos: la casa se llamaría ‘Cimbel’. Mi madre estaba contenta.


El tema es que cuando por fin le comunicó a mi padre la elección del nombre, papá pensó un poquito, miró la casa -que ya estaba casi pronta y solitaria en su cerro- y dijo:

“Cimbel... Cim-bel... Cima bella. Me gusta.”

Mamá casi se muere.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

28

Delincuentes oníricos

Antes que nada, déjenme explicarles el concepto de ‘delincuente onírico’. Estoy hablando de esa gente que les hace alguna afrenta espantosa en un sueño, como explicar sus hábitos de limpieza o robarles el novio. Seguramente todos han tenido este tipo de sueños alguna vez, ¿no?

Pues bien, esta mañana me desperté luego de un persistente, inquietante y fastidioso sueño en el que mi hija no sólo le daba una copia de la prueba de inglés a sus compañeros de clase (su profe y yo trabajamos en coordinación, así que la prueba es común), sino que les decía que yo dejaba

¡los delincuentes oníricos deberían pedir perdón por la mañana!

hacer trampa y les daba consejos sobre cómo hacerlo... ¡y luego se negaba rotundamente a pedirme disculpas!

En esta parte de la historia -vaya a saber por qué- Elisa me convidaba con una torta de chocolate deliciosa, pero eso no me hacía sentir mejor, ni en el sueño, ni cuando desperté. Todavía estoy fastidiada con ella, y más aun porque no puedo vengarme por su traición, o al menos exigirle una disculpa. Porque los delincuentes oníricos deberían pedir perdón en la mañana, ¿verdad?

Sí, sí, ya sé que me van a decir que no es su culpa lo que pase por mi cabeza. Pero evidentemente existe alguna razón para que mi subconsciente esté tan enojado con mi hija que invente historias intrincadas en las que me hace maldades. (Y si voy a ser sincera, sé muy bien por qué estoy tan fastidiada: Elisa se llevó tres materias a examen, grrrrr. ¡Tres!!! Si lo único que tiene que hacer es estudiar, ¡cómo es posible!!!)

De cualquier manera, cualquiera fueran los motivos, la respuesta es sí, los delincuentes oníricos deberían pedir perdón en la mañana, preferentemente con una porción de una exquisita torta de chocolate.



torta de chocolate que NO disminuye culpas

martes, 8 de noviembre de 2011

20

Indagaciones

Esta mañana, mientras cepillaba el pelo demasiado largo de Alessa para ir a la escuela (creo que quiere competir con Rapunzel), se me ocurrió hacer algunas indagaciones discretas...

“Vi un libro de animales muy lindo el otro día, ¿le gustará a tu primo?”
“Claro, pero el cumple de Bruno ya pasó.”
“Ya sé, pero a lo mejor para regalo de Navidad...”
“Pero mamá, ¡si de eso se ocupan Papá Noel y los Reyes!”

Su respuesta fue lapidaria, pero maté dos pájaros de un tiro: ya sé qué dejarle a mi sobrino en el arbolito y que mi hija sigue creyendo en sus seres mágicos a pesar de sus 10 añitos.


Y no, no se está haciendo la viva para seguir recibiendo regalitos, está convencida, ¡le hubieran visto la cara!

sábado, 26 de febrero de 2011

16

Apagones y desventuras

Yo no fumo. Para la mayoría de la gente, y para mí la mayoría del tiempo, no fumar es una ventaja. Casi todos los fumadores que conozco reniegan de su vicio. Sin embargo, hubo un momento hace unos años cuando no fumar me hizo sentir totalmente desvalida.

“¿Pueden creer lo que me pasó la otra noche?” les dije entonces a la Tere y la Otra, mis amigas, mientras las miraba fumar. “¡Necesitaba fuego y no había ni un hombre cerca!”

Todavía me acuerdo de cómo me miraron; ahí pensé un poco y me repetí lo que acababa de decir… no encontré nada raro y seguí adelante.

“Sí, es que me quedé sin fósforos y… Bueno, ¿qué pasa?” pregunté ante la continuada cara de perro de mis amigas. “Esperen que les explico,” me apresuré a seguir, segura de que me iban a entender apenas supieran lo que había pasado.

Llovía. Acá en mi pueblo, caen dos gotas de agua y tenemos apagón, y aquella noche caían más de dos. La tormenta era tremenda, de esas que asustan a los niños y hacen que las viejas tapen los espejos. Obviamente, se cortó la luz. Nada demasiado complicado. ¿Quién no ha estado en un apagón? Se prenden algunas velas y listo.

Aparte, los apagones cuando llueve tienen algo de mágico. Las velas dan al ambiente un toque especial y hay cierto atavismo en eso de reunirse alrededor del fuego, aunque sea la llama temblorosa de una vela. Y son románticas. Si además le sumás el sonido de la lluvia y los truenos, el resplandor de los relámpagos y la ausencia del sempiterno televisor – o en mi casa, la computadora – los apagones se convierten en veladas diferentes y encantadoras...

El tema fue que… ¡yo no fumo!! Supongo que se preguntarán qué tiene que ver una cosa con la otra. Por favor, no me miren como la Tere y les explico a ustedes también.

Es que no conozco un fumador que no ande siempre con un encendedor o fósforos encima – los cigarrillos no sirven de nada si no se encienden, ¿no? Bueno, pues las velas – sí, esas velas tan lindas y románticas, y la cocina – sí, esa cocina no tan linda ni tan romántica, tampoco. Ni hablar de la estufa a leña – el súmmum del romanticismo. Sin fósforos o un encendedor, no sirven para nada, ¡aun un boy scout necesita tres palitos y un fósforo para encender una fogata! Y eso fue precisamente lo que me pasó esa noche, ¡no pude encontrar un puto fósforo en toda la casa!

La oscuridad era total, llovía que parecía el Diluvio Universal, los truenos hacían temblar los vidrios de la casa y ¡no había ni un hombre que fumara cerca! Fue en este momento de mi historia cuando Tere y la Otra me volvieron a mirar con cara de pocos amigos... las dos fuman. Y son mujeres.

“Nena, estás mal,” me dijo la Otra. “Te salió el dolor del alma.”

Es claro que tenía razón. Ella suele tener razón, es sorprendentemente lúcida. En realidad lo que yo extrañé esa noche no fueron los fósforos, ni a un fumador anónimo que me los proveyera, sino a mi ex, que era fumador y que siempre tenía encendedor encima.

Para quebrar una lanza a mi favor, sepan que en mi familia las mujeres no fumamos. No sé por qué, supongo que casualidad. Pero no fumamos. Ni una sola. Mi madre, hermana, primas, abuelas, tías, yo... ninguna fuma. Sí lo hacen, o lo hacían, los hombres: mi padre, mi ex, mi cuñado, mi abuelo, tíos, primos... No es disculpa por ser tan ciega, solo una aclaración.

Volviendo al cuento, creo que pocas veces me sentí peor que esa noche. No había luz, pero eso era lo de menos, el tema es que tampoco había calefacción, ni nada que comer. Mi cena planeada – carne con papas y boniatos – implicaba horno, que es eléctrico, y todo lo que había en el aparador implicaba fuego, que no podía prender; en la heladera solo había leche, generalmente no hay mucho más, así no me tiento; y mis nenas tenían hambre, frío y estaban asustadas.

Me sentía como Ricardo III, en cualquier momento gritaba: “¡Un fósforo! ¡Un fósforo! ¡Mi reino por un fósforo!”

Me acuerdo que les di un vaso de leche, fría, claro, a cada una y las acosté conmigo en la cama grande. Tratando de hacer oídos sordos a sus quejas, les empecé a contar de Francie Nolan y su mamá, Katie.

Los Nolan eran una familia de gente humilde que vivía en Brooklyn a principios del siglo pasado. La novela ‘Un árbol crece en Brooklyn’ fue una de mis favoritas de la niñez, al igual que ‘Jane Eyre’ – no sé qué hay en esas historias de heroínas sacrificadas que le gusta tanto a los niños.

Cuando la cosa estaba tan difícil que no había qué comer en casa de los Nolan, la mamá se metía a la cama con Francie y su hermano y jugaban a que eran exploradores a los que se les habían acabado las provisiones mientras escalaban alguna montaña.

Parecía más fácil en el libro, o los Nolan estaban más acostumbrados a pasar privaciones. Mis hijas no encontraron divertido el cuento, y me dijeron que no les gustaba jugar a eso.

Ale, muy seria, me explicó que ella no quería subir montañas, que lo que ella quería eran boniatos, y Eli me repitió por vigésima vez que su papá siempre tenía un encendedor. “Sí, mi amor, ya sé que papá tiene encendedor,” le contesté suavecito, tratando de no perder la paciencia; la niña no tenía la culpa de mi incompetencia, al fin y al cabo. “Nosotras también… en algún lado.”

Aparte de mi drama personal con los fósforos y los fumadores, no pude dejar de ponerme en el lugar de todas esas madres que acuestan a sus hijos sin nada en el estómago, pero seguramente no por motivos absurdos como el que me aquejaba. Un lugar que, desde mi posición de privilegio como profesional de clase media, nunca había ni siquiera rondado. No me gustó nada, aunque saber que llegado el día todo iba a volver a la normalidad lo hizo más tolerable, como el idealista que se cubre los ojos para vivir como ciego, pero que sabe bien que la venda se puede sacar en cualquier momento.

Creo que esa noche hubiera empezado a fumar, con tal de no sentirme tan mal. O llamado a mi vecino, que también fuma. ¡Hasta al sodero! Pero esto nunca se lo dije a nadie, ya no cometo los mismos errores. Aprendí.

Ya no les digo a mis amigas fumadoras que necesito un hombre para prender una vela. Ahora les digo que necesito un fósforo, aunque a veces sea casi la misma cosa.




viernes, 31 de diciembre de 2010

11

El Ratón Pérez es un ratón de laboratorio

Anoche me reconcilié totalmente con la Navidad. Por favor no me digan incoherente, porque seguramente cuando les explique por qué me van a entender (aunque siguen sin gustarme los villancicos, las decoraciones y los especiales navideños).

Elisa festejó fin de año invitando amigas a un pijama party tecnológico (tecnológico porque gran parte de la noche se la pasaron cada una con su netbook chateando con amigos, ¡e incluso entre ellas! Increíble.) Por este motivo, Alessandra fue totalmente exiliada del dormitorio de su hermana y tuvo que venir al mío en busca de calor humano.

A mí me encantan esos momentos en la cama con mis hijas, debe haber algo en la oscuridad, la posición y el calorcito compartido que las remonta a espacios uterinos y les afloja la lengua, porque es donde he disfrutado de las mejores conversaciones con ellas. Impagables algunas.

Así es que, después de quejarse amargamente de las injusticias de la vida –como que ella tenga 9 años, su hermana y sus amigas 15, y que por lo tanto no le permitan compartir espacios – Alessa me salió con el siguiente diálogo:

“Me siento observada. Siempre me están observando.”

“Claro que siempre te están observando, mamá y papá te observan, porque te cuidan, así sabemos dónde estás y cómo.”

“No, no,” protestó. “No por ustedes; me siento observada por Papá Noel. Siempre está mirando si me porto bien o mal; me siento observada.”

Conteniéndome para no reírme, puesto que el tono de voz y el asunto eran muy serios, le respondí que sí, que eso era lo que tenía Papá Noel, pero que bueno, también le dejaba regalos, así que valía la pena. Con eso tuvo que estar de acuerdo, pero después siguió:

“Es que también me observan los reyes magos, y esos son tres. Hay un montón de gente mirando. Decime, mamá, ¿hay alguien más que me observe?”

Yo pensé un poquito y le dije: “está el Ratón Pérez, ese te observa para saber cuándo perdés los dientes y poder dejarte plata.”

Ella asintió en la oscuridad y se quedó callada unos segundos. “Para mí que el Ratón Pérez es un ratón de laboratorio. De esos de los experimentos, por eso habla.”

“Ah sí, es probable,” le contesté, y no se imaginan el trabajo que me dio que esa respuesta sonara lo suficientemente seria. Evidentemente mi hija ve demasiada televisión, y yo también, porque ya me estaba imaginando un Ratón Pérez blanco y cabezón, algo así como una versión uruguaya de Pinky y Cerebro.

“El Ratón Pérez, Papá Noel, los Reyes Magos...” enumeró ella, y le veía la silueta de sus deditos mientras contaba. “Son cinco... ¡Cuántos seres mágicos hay en el mundo! ¿Verdad, mamá?”

¿Cómo no voy a amar la Navidad –o su magia, al menos– después de eso? ¡Que siga habiendo 'seres mágicos' por un buen rato!

viernes, 24 de septiembre de 2010

17

Tal para cual. . .

Esta semana hubo receso primaveral en los cursos y viajé con mi familia a Montevideo, a la casa capitalina de mis padres.

Como siempre que vamos a Montevideo, mi hija Elisa salió de compras con mamá. El primer día, o sea el lunes, la abuela le compró dos pares de zapatos deportivos, ocho remeras, un vestido, una Confessions of a Shopaholiccamisa y una blusa fina para fiestas.

La noche del martes revolvió el antiguo ropero que compartíamos con mi hermana y, cual cazadora de tesoros, encontró cinco jeans que le quedan perfectos (y que ni ahí se nota que tienen 25 años), una solera floreada que solo necesita acortarse un poco, y el disfraz para el próximo Halloween (un vestido negro estilo femme fatale de mi hermana que, con muy pocos cambios y algo de maquillaje, la convertirá en la vampira más sexy de Piriápolis... mi dios, ¡qué vieja estoy!), además de un pantalón de radzimir color bronce y otro de cuerina negra que habían sido de mi prima Sonia. Como no tenía nada con qué usar el pantalón bronce, al otro día la abuela compró tela para hacerle una blusa, y ya que estaban, unas caravanas a juego.

El miércoles en la tarde fuimos a la primera prueba del vestido de quince, que también le regala mamá -tanto el vestido como el grosso de la fiesta son regalo de los abuelos, en realidad. Allí, la futura quinceañera eligió el bordado para el corsé (en cristal y plateado) y la tiara de strass para complementar. Al salir de la tienda, fuimos a comprar las sandalias (plateadas con broche de strass) de taco alto para entrar a la fiesta y unas zapatillas con lentejuelas blancas para cuando empezara el baile.

Por último, ayer visitamos el ‘Montevideo Shopping’ y salió con un libro en las manos (‘Ghostgirl’ de Tonya Hurley), esta vez regalo mío, y un ‘cuarto de libra con queso’ de McDonald’s en el estómago.



¿Quién dice que las vacaciones no pueden ser divertidas?
(o que mi hija no está muy malcriada)
(o que mi madre no malcria mucho a mi hija)
(o que yo no las dejo...)

miércoles, 18 de noviembre de 2009

3

Mala suerte

Mi hija pequeña me preguntó anoche qué significaba ‘mal agüero’. Yo estaba trabajando en la computadora, para variar; bastante distraída buscando información para una entrada que tengo a medio escribir, así que sin mucho pensar simplifiqué la cosa, pasé del pronóstico al resultado, y le contesté: “Mal agüero significa mala suerte,” y seguí con lo que estaba haciendo.

Alessa es una niña despierta y avispada; pregunta todo y no se contenta con cualquier respuesta, hay que contestarle algo convincente o seguirá preguntando hasta sentirse plenamente satisfecha, como anoche.

“Mamá,” insistió, evidentemente no conforme. “¿Y qué es mala suerte?”

En ese momento casi le contesto como la mamá de esa propaganda de jabón en polvo, que, ante una pregunta similar de su hijo, equiparó frustración con no sacarle las manchas a la camisa del marido. “Mala suerte es no encontrar una definición de serendipia que me conforme,” pero me dominé a tiempo y la miré.

Alessa estaba paradita a mi lado; de pie ella y yo sentada, nuestros ojos estaban a nivel, y como siempre, casi me ahogo en esos ojazos verdes que no sé cómo hice para concebir. Su expresión era de total concentración. Cerré la laptop y giré para prestarle toda mi atención.

“Hay gente que cree que si te pasan cosas malas, es porque tenés mala suerte. ¿Por qué me preguntás?”

“Dicen que trae mala suerte pasar por abajo de una escalera,” me dijo muy seria.

“Eso es una superstición, amor, algo que la gente cree, pero que no es verdad. No pasa nada si pasás por abajo de una escalera,” le contesté, intentando no reírme y tomármelo con tanta seriedad como ella. “Como mucho, se te caerá la escalera arriba.”

“Pero también dijeron que es malo que se te cruce un gato.” Y ahí el verde se tornó cristalino, y miró a Flor, la gata de la casa.

Como ya deben saber, Flor se acaba de salvar de su propia racha de mala suerte, lo cual sería buena suerte, ¿no? La cosa es que Alessa ahora cuida a su gata más de lo que cuida a Leo, su peluche favorito, y eso es mucho decir. Yo sentí que debía asegurar a mi hija que su gatita no le provocaría mala suerte y ya estaba abriendo la boca para decirle que no dan mala suerte los gatos en general, sino solamente los gatos negros, cuando me detuve y me puse a pensar qué estaba haciendo. Le acababa de decir a mi hija que lo de la escalera era una superstición, desmereciéndolo por eso, ¿y ahora la iba a tranquilizar con el color de los gatos que traen mala suerte? Ni ahí.

“No existe la mala suerte, Ale,” le contesté en cambio. “No va a pasar nada si pasás por abajo de una escalera o si te cruzás con un gato o cualquier cosa de esas que dicen. Son supersticiones: no son ciertas.”

“Pero yo rompí tu espejo el otro día y después se enfermó Flor,” me porfió ella.

Recién entonces entendí por dónde venía la cosa; la acerqué a mí y la senté en mi falda. “La gata se hubiera enfermado igual, no tuvo nada que ver el espejo,” le dije, tratando de sonar convincente. “Vos no tenés la culpa de lo que le pasó a Flor. Fue solo una coincidencia, dos cosas que pasaron a la vez. Además, la gatita está lo más bien, ¿o no?”

Al final me dijo que sí, pero no se la veía muy convencida. De cualquier manera no hablamos más del tema, es medio difícil ir contra el pensamiento mágico, y en los niños eso es muy fuerte; por más que yo le argumentara todas mis razones para no creer en la suerte o en las supersticiones, Alessa seguiría encontrando conexiones insólitas, y vaya a saber de qué más se podría llegar a sentir responsable.

A los cinco minutos ya estaba viendo ‘Ben 10’ en la tele y se había olvidado de gatos, espejos y malas suertes, pero yo seguí pensando. Nunca fui supersticiosa, aunque hay cosas que no hago, como matar grillos dentro de la casa o pasar por debajo de la famosa escalera (siempre me dio miedo que se me cayera encima, en serio, no se rían), sin mencionar decir ‘salud’ cuando alguien estornuda, dejar la cartera en el suelo o haberme puesto algo azul, algo usado, algo nuevo y algo prestado cuando me casé (así me fue). Pero de ahí a creer que alguna de esas cosas puede tener un efecto negativo o positivo en mi vida hay un trecho.

Yo veo que la gente muchas veces atribuye sus errores o frustraciones a eso difuso y sin mucho sentido que llaman ‘mala suerte’ y que les impide tener éxito en la vida, el amor o el trabajo. Eso me parece absurdo; es una forma de sacarse la responsabilidad de encima y ponerla en algo más, siempre está bárbaro tener qué – o a quién – culpar por los fracasos de uno. Las supersticiones son un bastón como tantos otros, y aunque algunos crean que se camina más seguramente con bastón, no pueden negar que también se camina con menos libertad.

Nunca le atribuí a la buena o mala suerte nada de lo que me pasó en la vida, soy muy laica y el pensamiento mágico no es mi fuerte. Más de una vez me han dicho que tengo ‘suerte’ porque tengo un trabajo seguro que me gusta y puedo mantener mi casa y a mis hijas sola. Eso me fastidia enormemente, no es suerte, son años de estudio, mucho trabajo, oportunidades aprovechadas, y buenas – o a veces malas – decisiones. En lo único que admito haber ganado la ‘lotería’ es en haber tenido hijas sanas, todo lo demás lo hice yo (con ayuda a veces, lo admito y agradezco, pero saber pedir y aceptar ayuda cuando es necesario también es uno, ¿no?).

Mi vida es mi responsabilidad, no de espejos, escaleras o gatos que se puedan haber cruzado en mi camino.

















Imagen: 'Luck' de Dan Springer

domingo, 15 de noviembre de 2009

5

Bonsai de bebe

Anoche mi hija mayor tuvo su primer cumpleaños de quince. Imaginen la emoción; hacía una semana que no hablaba de otra cosa: que el vestido, que los zapatos, que el peinado... Como parte de los preparativos fue a la peluquería y volvió con el pelo cortito como Lara (la protagonista de ‘La favorita’, una telenovela brasilera de la que no se pierde un capítulo), y ¿saben qué? odio a la peluquera, mi nena pasó de los trece a los dieciséis en tres tijeretazos locos.

Volvió a las seis de la mañana – el cumpleaños se alargó, no empezó hasta que no terminó el partido Uruguay-Costa Rica – afónica de tanto gritar, y feliz, con su vestido azul, zapatos de taquito y ojos brillantes.


Yo la miro y no puedo creer que haya crecido tanto. A veces desearía haber hecho bonsai de bebé hace años: dejarla estacionada en el tiempo cuando todavía la podía mimosear y divertir y siempre estaba de buen humor... Pero ya es tarde, ya no es un bebé, ni siquiera una niña; es una adolescente con todos sus esplendores y sobresaltos. ¡Y yo la madre de una adolescente!

No hay caso, me siento vieja.

sábado, 5 de septiembre de 2009

6

Biblioteca, pinturas y burocracia

Cuando se inauguró la biblioteca del liceo de Piriápolis, ésta de donde escribo ahora, se hizo con bombos y platillos. La verdad es que la ocasión lo ameritaba, pasábamos de tener una biblioteca que le robaba espacio a un corredor, a un espacio luminoso y fresco de casi 200 metros cuadrados; de un lado grandes ventanales nos dejan ver el mar – la biblioteca está en el segundo piso – y del otro los famosos cerros que hacen tan diferente a esta ciudad del resto de los balnearios uruguayos. Un antiguo mostrador de madera, donación del Banco República, separaba espacios, y mesas y sillones invitaban al estudio y la lectura.

pinturas biblioteca Liceo de Piriápolis

En aquel momento, la directora de turno, logró que los artistas de la zona donaran obras para armar una pinacoteca y adornar las paredes de la novel biblioteca. Recibimos casi 50 pinturas de diferentes pintores, incluyendo un José Luis Invernizzi (artista que da nombre al liceo). La mayoría de ellas aún lucen en los muros de la biblioteca, pero esto no hubiera sido así si no fuera por la previsión de algunos funcionarios del liceo.

Cuenta la bibliotecaria que estaba en aquel momento, que no mucho tiempo después llegaron a la biblioteca tres funcionarios de Secundaria, una mujer con aspecto de tener cierta autoridad y dos hombres que la seguían como perritos. Muy maleducados ellos, entraron al recinto y no se molestaron ni en saludar, poniéndose enseguida la señora a ordenar a los otros dos que midieran las pinturas, mientras ella llenaba una planilla de inventario que traía consigo. Después de un par de horas – eran muchos cuadros – los hombres sacaron papel Manila y ese nylon con burbujitas que es tan divertido hacer explotar, y se dispusieron a descolgar y empacar los cuadros.

Mi compañera, que había pasado las dos horas mirando a los tres trabajar sin decir una palabra, se acercó entonces a los funcionarios, y preguntó a la mujer qué estaban haciendo. El diálogo debió ser más o menos como sigue (o eso cuenta Grace):

“Estamos empacando los cuadros para retirarlos de la biblioteca,” contestó la mujer, con el tono de quien está contestando una pregunta obvia, y sin molestarse en mirar a su interlocutora, como no lo había hecho desde que había entrado.

“Disculpe,” le dijo Grace. “Pero eso será imposible. No puede llevarse los cuadros.”

“Por supuesto que puedo. Estos cuadros son propiedad de Enseñanza Secundaria; tenemos orden de medirlos, inventariarlos y llevárnoslos para su redistribución.”

“Le repito,” contesto ella, “que no pueden llevarse los cuadros. Estas pinturas no le pertenecen al liceo, fueron prestadas por los artistas.”

Recién en ese momento la mujer se molestó en prestarle toda su atención a la bibliotecaria, o sea, mirarla. “No tengo conocimiento de eso, profesora, como ya le digo, me indicaron retirar los cuadros del liceo para su predistribución en otras oficinas. Discúlpeme, pero debemos seguir trabajando.”

Ahhh, ¡pero qué lindo es tener un as en la manga! ¿no? Me hubiera encantado ser Grace esa tarde cuándo sacó de una carpetita una coqueta carta firmada por más de una veintena de artistas, incluyéndola (Grace es pintora y también tenemos un cuadro suyo en la colección), donde se estipulaba con claridad que todas las pinturas que lucían las paredes de la Biblioteca del Liceo de Piriápolis habían sido cedidas en préstamo y que podrían exhibirse en ella siempre y cuando no saliesen de la institución.

La mujer le quitó la carta de malos modos para leer por sí misma la voluntad de los artistas. Cuando terminó, malhumorada, le preguntó a mi compañera:“Y si ya sabía de esta disposición, ¿por qué no nos avisó hace dos horas, antes de que empezáramos el trabajo?”

“Usted no se molestó en saludarme, ni en decirme a qué había venido; pensé que se merecía la misma cortesía,” respondió Grace, que nunca tuvo pelos en la lengua.

El tema es que los cuadros quedaron en su lugar – después de la salida teatral de la Srta. Secundaria en un revuelo de papel marrón, burbujitas de nylon y las sonrisas cómplices de los dos empacacuadros – y que ahora yo estoy sentada acá, aburrida en esta mañana de sábado, sin un solo alumno en la biblioteca desde hace al menos una hora y pensando cuánto más aburrida estaría si no pudiera perderme en esos paisajes de cerros y mar.

Es increíble, pero una iniciativa de la institución, para decorar un ambiente nuevo, casi termina en la satisfacción de los jerarcas de Enseñanza Secundaria. Seguro a los Consejeros les gustaría tener alguno de estos cuadros colgado de las paredes de sus oficinas. Afortunadamente, se quedaron con las ganas.


pinturas biblioteca Liceo de Piriápolis

Es bueno ser previsor, ¿no? Los artistas de muy buena gana hubieran donado las obras al liceo directamente, pero conciendo el organismo para el que trabajamos, algunos docentes propusieron esa 'cláusula de seguridad'. Si no son nuestras, no son del Estado, y si no son del Estado, no pueden disponer de ellas. De esta forma, mientras exista el liceo las pinturas estarán acá y todos, alumnos y profesores -y algún Consejero si quiere venir a visitarnos, las disfrutaremos.


pinturas biblioteca Liceo de Piriápolis



pinturas biblioteca Liceo de Piriápolis




















Estos son algunos de los cuadros que más me gustan, tengo que averiguar quiénes son los artistas y los publicaré, así los conocen.


lunes, 2 de febrero de 2009

1

Piropos

Cuando le pidieron que nombrara qué cosas le gustaban de mí en las charlas prematrimoniales, esas obligatorias que tenés que soportar si querés usar las instalaciones, y al cura, para casarte por la iglesia, mi ex - entonces novio - se quedó callado por tanto rato que tuve ganas de tomar la enorme cruz de madera que colgaba de la pared de la parroquia y dársela por la cabeza. ¡Cómo si no hubiera nada bueno para nombrar! Tendría que haberme dado cuenta en aquel momento de que su silencio era una señal.

(En un aparte, con la cantidad de acólitos que pierden a diario, tanta exigencia con aquellos dispuestos pasar por la solemnidad de esa ceremonia eterna, ¡y tan frágil!, me resulta increíble. Parece que si no tenés 'diploma de novio', hay que contentarse con el registro civil nomás, ¡uy, qué miedo! Creo que prefiero vivir en 'pecado'.)

"Quería que su marido le dijera bonita y que su amante le dijera querida.

Pero en fin, creo que en aquella época yo pecaba de lo mismo que una de las heroínas de Ángeles Mastretta: “Quería que su marido le dijera bonita y que su amante le dijera querida. Imposible.” Frente a eso, La mujer los dejó a los dos, se compró un espejo y se deleitó con Mozart y su reflejo en lugar intentar lograr imposibles de sus hombres. Dicen que nunca fue tan feliz.

Claro, yo tengo la costumbre de ser más quijotesca (o majadera, ultimatera o como quiera decirme la Vaga) y ando peleando con molinos - dígase de las utopías - así que logré recibir piropos más lindos que ella, ¡y que los que se le ocurrían a mi ex!

Díganme si no tengo razón, acá van dos… pero no me tilden de cursi, eso sería de envidiosos nomás. Si quieren pueden decirme fanfarrona, eso sí.


¿Virtudes? Tiene muchas. Una boca cuya calidez añoro es una de ellas.

He decidido declararme anarco creyente, creo en un dios sin orden ni cielo establecido, sin dogma ni religión, sin más credo que la liturgia irreverente de sus besos...

viernes, 12 de septiembre de 2008

0

Más señales

Me bañé. Me hice un baño de crema en la ducha mientras escuchaba al chico de Ipanema en la radio online; no bailé, el piso de mi baño no es apropiado para tanta musicalidad. Cuando salí me negué a secarme, dejé un rastro de charcos con forma de pies en mi camino al dormitorio. Me puse crema de baba de caracol en las mejillas y frente, colágeno aclarante en las ojeras – herencia de mi sangre italiana, loción de té verde en el cuerpo, y extra humectante de cacao en los pies; tengo una reputación de piel de bebé que mantener, al fin y al cabo. Ah, y me envolví en colonia con aroma a limón.

Volví al baño, intentando no resbalarme en el piso húmedo, y ataqué los excesos empecinados de mis cejas con una pincita, me puse una mascarilla de limpieza en la nariz y crema depilatoria para el bozo. Mi pelo volvió a recibir atención: aceite concentrado para puntas de WonderTex, ¿se acuerdan cuando casi que era la única crema de enjuague que había?, y spray para peinar para un cabello más manejable y brillante – también me han dicho que tengo pelo de comercial de shampoo, son demasiadas reputaciones por mantener, me siento presionada.

Por fin me vestí. Medias de lana colorada hasta la rodilla, ropa interior de algodón, de esa finita de uso pero cálida, cómoda y holgada, mi camisón ‘diva de coro negro – perdón, afroamericano – estadounidense’, una mañanita que mamá me tejió cuando nació Ale para darle de mamar calentita, así no me mojaba la espalda con el pelo húmedo y me enfriaba, y pantuflas de jirafa, sí, de esas como las de niña, pero número 38.

Me sentía satisfecha, limpia, relajada y linda por venir. Es bueno mimarse, y si Cronos se empecina en que no lo haga él, ni modo, lo hago yo. ¿Y saben qué? Cuando volví al living y miré la estufa, estaba prendida.

0

Señales

No prende la estufa. Apenas una llamita entre medio de todos esos troncos que se niegan a encender. Creo que es una señal. El fuego está triste, como yo.

domingo, 25 de noviembre de 2007

0

Mi Juego

La gente que me conoce y que me tiene un poquito de paciencia - poquito nomás, chiquito, o sea que e escuchan dos segundos y después hacen que sí con la cabeza - sabe que yo escribía en lo que para simplificar las cosas llamaba: ‘Mi Juego’.

Igualmente, antes de aburrirse, solían interesarse lo suficiente como para preguntar de qué estaba hablando. Las reacciones eran diversas y variadas: algunos temían que les pidiera que leyeran algo – eso se solucionaba apenas sabían que escribía en inglés; no saber inglés era la excusa perfecta; otros pensaban que perdía lamentablemente mi tiempo – mi ex y mi padre, por ejemplo. Mi madre estaba encantada de que practicara mi inglés, a sus ojos eso solo podía traer beneficios – aparte ella siempre me entendió mejor de lo que yo quisiera, sabía lo que significaba para mí. Algunos otros me trataban de loca, pero eso era normal: siempre me tildaron de loca – ahora además de loca me dicen majadera, fanfarrona e insoportable, principalmente la Tere y la Otra; a eso todavía me tengo que acostumbrar, como mis sempiternas pataletas atestiguan.

El hecho es que poca gente realmente entendía a qué me refería con ‘Mi Juego’ y cuando tenía que explicarlo no siempre encontraba las palabras justas. Pero no por tener que explicar a qué me refería al hablar de un ‘juego de rol basado en foros’ (forum based roleplay), eso era la parte más fácil del asunto, lo que era difícil de expresar era cuánto me llenaba pertenecer a ese pequeño grupo de gente que compartía mi placer de escribir. Uno de mis compañeros dijo una vez que era una experiencia liberadora, y yo no pude estar más de acuerdo.

Mi Juego me acompañó por mucho tiempo; escribí en ese sitio alrededor de cuatro años, con una producción de miles de páginas de texto (en colaboración, obviamente). Mis amigos virtuales – y al que diga que no hay amigos virtuales, que me disculpe, porque los hay – me acompañaron cuando estaba bien y cuando estaba mal. Me apoyaron, me hicieron reír, me hicieron llorar, me excitaron y me enojaron, me halagaron y me mandaron al piso, y me exigieron inteligencia, nivel y creatividad constantes – intenté cumplir, no siempre con éxito. ¡Hasta me regalaron una computadora! Ésta, desde la que estoy escribiendo ahora.

Ahora extraño escribir como nunca, y extraño a esa gente aún más – el vínculo no se rompió, pero al no existir el objetivo común de tener que contar una historia, sí se ha distendido, demasiado tal vez. Por eso, esta entrada es de las cosas importantes que quiero compartir con los pobres iluso que estén leyéndome en este momento, o sea con ustedes. De última, apretar la crucecita roja en la esquina superior izquierda de la pantalla es más fácil que hacer que sí con la cabeza, y yo no me doy cuenta de que dejaron de leer.

Bueno, si vencieron la tentación de la cruz roja y leyeron hasta acá, se estarán preguntando a dónde quiero llegar. Buena pregunta, porque yo también me perdí... (¡Ay la Tere!, se debe estar riendo ahora)

Creo que lo que quiero es aclarar algunas cosas sobre qué diablos es un ‘juego de rol basado en foros’ y qué es o era (snif) ‘L.A. by night’ – LAbn para abreviar. Homenajear en cierta forma a toda esa gente a la que aprecio tanto, y generar un espacio para que cuando publique algún post de LAbn no se pregunten: “¿de qué puta(pardon my French)está hablando ésta ahora?” Porque alguno voy a publicar, hay cosas que escribí allí con las que me gustaría aburrirlos, en la medida que se puedan leer independientemente y no sea como abrir un libro en la página 582 sin tener idea de en qué venía, claro. (No importa, siempre te queda el recurso de la cruz roja... ah, y están en inglés, buena excusa para pasarles por arriba)

Esto, entonces, es para Adam (ahora Kaarin), Shaun, Louisa, Dave & Heather, Matt, Kris & Robin, Amanda, Candice e incluso Jaime y Meghan, un selecto grupo de estadounidenses, canadienses, ingleses, australianos y escoceses, que iban de los 16 a los 42 años cuando empezó la odisea de LAbn allá por el 2002. Solo lamento que no sepan español para leerme. También para Alessa, Chance, Kyle, Nik, Darian, Cole, Kate, Oz, Tash, Reah, Daye, Marcus, James y Drea, y todos los demás personajes de LAbn, más reales tal vez que mucha gente real.

(Como soy nueva en esto de los blogs y todavía no he descubierto si se puede revertir el orden en que se publica, voy a mandar todo esto al revés. Si son viejos leyendo blogs, sorry, para mí eso es orden, y es mi blog, así que así quedará)

Ir Arriba