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lunes, 5 de enero de 2015

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Una con la naturaleza

Plantar cosas me hace apreciar la naturaleza. En serio. Me hace entender eso del renacer y de la conexión con la Madre Tierra, y lo bien que hace sentirse verde por ecologista y no por envidia.

La verdad es que es genial.

Hasta que mi tilo nuevo se queda sin hojas y las hormigas me comen medio jazmín. Supongo que una ya no es tan ecologista cuando empieza a considerar a los insectos como sus archienemigos. Ni hablar de las arañas (bueno, a esas ya las odiaba de antes), los yuyos, las ortigas y los caracoles. El pis de perro, las siestas de los gatos, y los pájaros tampoco ayudan. O a falta de lluvia. O el exceso de lluvia. O el calor, el solazo y las heladas…

En fin. Yo diría que hay una conspiración para que mis plantas sufran, y sufran mal.

La culpa no es mía, de ninguna manera. Yo soy una con la naturaleza. Que deteste el aire libre no tiene nada que ver.


Mi tilo antes y después. Pobrecito.

martes, 30 de diciembre de 2014

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Y entonces llegó Gaspar

Yo solía odiar a las personas que visten a sus mascotas. Para mí estaban categorizadas en el mismo escalón que aquellos que escriben manifiestos de despecho en Facebook, o peor aún, los que deslumbran a sus vecinos con flamencos rosado flúo en el jardín.

Y entonces llegó Gaspar.

No soy una dog-person, ustedes lo saben. Es más, me reconozco aulirófila perdida, y si algo tienen los gatos es su renuencia a cualquier tipo de vestimenta, adorno o judeada; como mucho el clásico collar con cascabel. No hay nada más triste que ver un gato vestido. Pobre bicho.

Pero los perros son diferentes. Son seres lameculos, literal y metafóricamente, y se dejan (los gatos nunca ‘se dejan’, como mucho, ‘dejan’). Así que la gente que viste a sus perros se merecería ir al primer círculo del infierno, por desafiar a dios.

Pero claro, entonces llegó Gaspar. Y la navidad. Y Elisa. ¡Y miren en lo que me he convertido! Una dueña de perro guaranga que disfraza a su mascota y le saca fotos… increíble. ¡Al limbo conmigo!



Ya mismo estoy abriendo la página de MercadoLibre. A ver dónde puedo conseguir un par de flamencos rosados para mi jardín.



martes, 22 de julio de 2014

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Memorias

Cuando los poetas quieren rememorar un amor escriben rimas, llenas de metáforas, hermosas o cursis, que intentan capturar esos recuerdos. O si sufren una gran pérdida, a los músicos se les da por componer piezas que emocionan al punto del llanto; los grandes chefs inventan recetas y logran sabores que despiertan pasiones. Los bailarines usan sus cuerpos y crean energía en lugares que, tal vez, antes sentían sin vida.

Me pregunto qué hago yo para plasmar mis recuerdos, porque demasiado seguido me encuentro tratando de recordar cosas que no debería haber olvidado. ¿Cómo es posible que alguien con tan buena memoria pueda olvidar el escalofrío de su primer beso, o el batir de alas de mariposa dentro de la panza al sentir el germen de sus hijas?


No recuerdo a mi madre leyéndome en la cama, o a mi padre enseñándome a nadar. Se me escapó el nombre del primer compañero que me hizo suspirar (aunque no sus ojos negros) y no creo que reconociera a mis amigas de la infancia si volviera en el tiempo, cual película de Disney.

Sí, claro; que esas cosas pasaron y puedo describir las sensaciones, pero eso es porque lo único que recuerdo es el relato o la descripción, y siempre me sentí a gusto con las palabras. Como un rostro querido que se congela en la expresión de esa fotografía que manoseamos desde su pérdida.

La memoria es selectiva, egoísta y acomodaticia. Es frustrante.

Alguien debería inventar el pensadero de Dumbledore.

lunes, 19 de mayo de 2014

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Dinos cómo eres...

Hace un tiempo estaba registrándome en un sitio nuevo y cuando llegué a la descripción personal me tranqué. El ítem exigía llenado, tenía el famoso asterisco de los campos obligatorios, y la consigna era: “Dinos cómo eres (320 caracteres máx.)” Generalmente esa parte no es obligatoria en los formularios, o si lo es, te da pautas de tipo: ‘intereses, libros favoritos, películas favoritas, etc.’ No le suelo prestar demasiada atención, pongo lo primero que me viene a la mente, y sigo adelante, pero esa vez no sé qué me pasó, me bloqueé y tuve que abandonar.

Todavía me ronda en la cabeza el tema. “Dinos cómo eres (320 caracteres máx.)” ¿Cómo puedo decirle a alguien cómo soy en 320 caracteres? Es absurdo. Es imposible resumir una persona en ese número ridículamente bajo de caracteres; somos demasiado complejos, contradictorios, absurdos y bellos para tan poca extensión.

Así que me puse a escribir, a ver cuántos caracteres me llevaba describirme... y creo que me salí un poquito de control, sorry. Pero bueno, ya que lo hice; aquí está.

Soy librana, lo cual no quiere decir nada, pero es una excelente excusa para ser indecisa y un poco condescendiente. También soy desordenada, fastidiosa, muy malhumorada y maleducada en ocasiones – perdón, "malaprendida" según mi mamá (ella dice que me educó bien). Tengo manía con los olores: limones y tabaco encabezan la lista; colecciono perfumes cítricos y jabones de limón, y huelo hombres que fuman cada vez que puedo, me encantan... a propósito, ¿mencioné que soy repetitiva? Adoro a mis hijas y a mi familia y a mis amigos. Abandoné el alcohol hace un par de años, aunque a veces me doy una licencia, y si me paso, pierdo el equilibrio pero no la cabeza, ergo, soy una borracha muy aburrida.

Me encantan los hombres y me encanta el sexo, pero me gusta vivir sola; adoro ser independiente, y gastar el dinero que gano solita en lo que se me ocurre sin dar cuentas a nadie, cocinar lo que se me antoja, y no planchar camisas XL ni mirar partidos de fútbol. Me fastidia que me toque, me bese o me abrace la gente que no es de mi circulo más intimo; y cuando estuve embarazada tenía un escudo invisible a mi alrededor, parecía la cinta de ‘no pasar’ que pone la policía alrededor de una escena de crimen: no soportaba que me tocaran la panza, que no era talismán de buena suerte. Me desagradan la playa, el sol y el calor, a pesar de vivir en un balneario. Soy casera; odio viajar, aunque me encanta llegar; me mareo en los ómnibus o los autos, a menos que maneje yo, y amo a mi madre por cederme el asiento delantero cuando viajo en su auto.

Me gusta dibujar, sobre todo caballos para mi hija Alessa, con largas crines y jinetas románticas montándolos; me gusta trabajar la arcilla y sacar fotos a mis hijas. Y me gusta leer. Adoro mi Kindle, y desde que lo compré, leo más que nunca. Los libros de vampiros me apasionan, y si los vampiros son románticos más todavía, sobre todo los de Joss Whedon.. Soy fan de Stephenie Meyer, aunque sus libros sean malos, porque me permitió discutir con Elisa sus vampiros que brillan al sol (¡qué horror!); y ahora me estoy enamorando de Amanda Hocking porque está haciendo lo mismo por Alessa con sus sirenas (esos las tengo que leer aun, así puedo comentarlas con ella). Me encanta ser madre, por más trabajo que dé. También me encanta ser mujer, pero desearía ser varón de vez en cuando, a ver cómo se ve el mundo desde sus ojos, cómo se sienten sus orgasmos o hacer pis parado. Me gustan las masitas de dulce de leche, la tortilla de papas y los chorizos al pan. Me encantan las frutillas y más si vienen con besos. Odio los mariscos y los remedios. Y las balanzas. Y mis cumpleaños, pero no mi torta de frutillas. Soy haragana, cómoda y no me gusta madrugar, pero me encanta mi trabajo y no haría ninguna otra cosa; me llena de satisfacción ver cuando mis alumnos entienden, y logran cosas, aunque a veces tiraría alguno por la ventana.

Como ama de casa dejo bastante que desear. No me gusta limpiar y venero a Gaby, la chica que me ayuda con la tarea; si pudiera le construía un altar y la llamaba Santa Gaby. Pero sí me gusta cocinar, sobre todo postres, y experimentar: adoro mezclar cosas y que salga algo comible y disfrutable; lamento la herencia genética de mi ex, que hace que mis hijas no prueben casi nada de lo que hago... Ahora que estoy a dieta, me saco las ganas de experimentar con recetas de bajas calorías, y mis tartas de verduras son muy elogiadas. No me gusta hacer dieta, pero lamentablemente tengo que hacer, aunque estoy muy contenta con los resultados. Abandoné la jardinería, porque las plantas de mi jardín son especies en extinción: o se las comen las hormigas o me olvido de regarlas, y entre mis defectos no está el de ser asesina, aunque ya se me murió un jazmín, como tres hibiscos y al menos media docena de hortensias. Me fastidian los perros, más ahora que tengo dos - odio las bolsas gigantes de Dog Chow, los pelos por todos lados y la baba en el water; pero soy gatera perdida, aulirófila creo que le llaman, y la cuenta de mininos era de seis la última vez que la me molesté en fijarme.

Soy complicada, cargosa, atropellada y mi imaginación dos por tres vuela; básicamente feliz y agradecida de lo que tengo, aunque no me molestaría ganar el 5 de Oro al menos una vez. Soy llorona, muy llorona, me gusta ver películas tristes sola, así puedo berrear como una Magdalena sin que nadie se ría de mí, o discutir chateando así ni se enteran y no lo usan en mi contra. Me gusta conversar con gente inteligente que desafía mis neuronas, y que mis mentadas neuronas no me dejen a pie si las necesito; me fastidia, me aburre y me impacienta la estupidez, sobre todo cuando está teñida de soberbia. No soy líder, ni me interesa, pero tampoco soy oveja, que de ovejas está lleno el mundo y ensucian mucho. Trato de no hacerle a nadie lo que no me gustaría que me hicieran (menos a las plantas, se ve) y me parece que seguir la ley del Talión de vez en cuando vendría bárbaro. Creo que que todo sea relativo es muy relativo, que decir que ‘solo sé que no sé nada’ es una apología a la ignorancia, que Voltaire tenía razón cuando defendía el derecho a la expresión y que creer que la vida da vueltas es casi como creer en Dios. A propósito: no creo en Dios, soy laica acérrima aunque me casé por la iglesia ¡gran garantía!

Estem... ¿cuántos caracteres van?

Por suerte existen sitios en la red que se dedican a contar caracteres en un texto, porque ni había llegado a los famosos 320 y ya me había cansado... según el contador de caracteres que usé: “el texto introducido contiene 978 palabras y 5313 caracteres.” ¡Mi dios!

Y eso que me dejé muchísimo afuera; por ejemplo no mencioné que me encantan los lectores que se molestan en leer toda esa diatriba desordenada y confusa, y que aún así, deciden seguir visitando mi blog...

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