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sábado, 27 de julio de 2019

2

Feliz cumpleaños, Alessa

Querida Alessa:

Parece mentira, pero hoy cumplís 18 años. Con tu hermana -siempre pronta- ya están planificando idas al casino y tatuajes familiares. Como lo mío es esto, yo pensé en escribirte una carta.

No me voy a poner a darte consejos, porque sería repetir lo que le dije a tu hermana en su momento (igual no te vendría mal leerlos). Tampoco quisiera caer en clichés maternales de que parece que fue ayer, cómo voló el tiempo, o cuán grande estás, pero bueno, todo eso es verdad. El tiempo voló, ya sos casi adulta, y realmente parece que fue ayer.

Recuerdo el día en que naciste, y la cara de tu abuelo cuando te vio por primera vez. “Es hermosa,” dijo suavecito, y te acaricio la mejilla – que ya se adivinaba casi transparente – con un dedo. Vos tenías los ojos muy abiertos, y aceptaste el cumplido como una reina. Y en ese momento se me fueron todas las dudas absurdas que había tenido hasta entonces; dudas sobre si iba a poder quererte tanto como a tu hermana, porque en mi total ignorancia, yo creía que el amor era finito y que mi cuota ya estaba asignada. Pero tal como cuando nació Elisa, mi amor por vos fue instantáneo, absoluto e incondicional. Creo que me creció un segundo corazón solo para vos.

Y acá estás, dieciocho años después, y te sigo queriendo tanto – o más – que entonces, porque ahora te conozco, y me gustás. La verdad es que me llena de orgullo la mujer en la que te estás convirtiendo. Sos apasionada y divertida, malhumorada, perseverante y original, dispuesta a enfrentarte al mundo por tus ideales (aunque no te animes a ir a la cochera de noche) y siempre dueña de la última palabra. Y cuando me miras con esos ojos enormes, los mismos con que miraste a tu abuelo, me veo en ellos.

No puedo esperar a ver lo que te depara la vida, ¡o lo que vos le tenés preparado a ella! De cualquier manera, va a ser un viaje espectacular, y espero seguir compartiéndolo contigo por muchos cumpleaños más.

Felices dieciocho, mi amor.



Mamá







PD: siempre vas a ser mi gatito.

PD2: hoy es día impar.



sábado, 13 de abril de 2019

11

Diario tercerizado

¿Cuando vas a volver a publicar en tu blog?"

Pregunta reiterada de Alessa, muy preocupada al respecto. Después de varias respuestas de: "cuando tenga ganas, amor," fue mi turno de preguntarle por qué quería que volviera a escribir.

"Y si no, ¿cómo me voy a acordar de las cosas que hacía cuando era chica?"

Me hizo reir. Resulta que EriSada funciona como una suerte de diario tercerizado para que mi hija no olvide su niñez/adolescencia. Si es así, la pobre no va a tener muchos recuerdos de los últimos tres o cuatro años, pero me niego a sentirme culpable; ella bien puede escribir el propio, ¿no?

La cosa es que transamos en que al menos registraría esta inquietud suya de desear recordar las cosas "que hacía cuando era chica", incluyendo el querer que las registrara aquí.

Como soy buena madre, estoy cumpliendo mi parte del trato. Como no soy buena negociante, no sé cuál es la de ella.

domingo, 17 de junio de 2018

2

Vade retro

Ayer en la Montevideo Cómics:
   Hija 1: "¡Qué lindo, te compraste una Enterprise!"
   Hija 2 (al ver mi cara): "¿No era la Estrella de la Muerte"?
...
Estas niñas no son hijas mías. ¡Vade retro, Satanás!


sábado, 1 de octubre de 2016

0

Destino manifiesto

Hay momentos que quedan grabados para siempre, como tatuajes en el alma. No son demasiados, si lo fueran perderían fuerza, pero son los suficientes para saber que uno ha vivido, y vivido bien.

Mis hijas están creciendo. Una ya no vive conmigo, y la otra volará en pocos años, por eso atesoro cada momento de cotidianeidad que comparto con ella como lo que es, invaluable.

Ahora la miro, dormida a mi lado en el sofá, y me recuerdo sentada en este mismo lugar, tan claramente como si hubiera sido ayer.

Cansada de mamar, con la cabecita apoyada en el hueco de mi brazo, los ojos cerrados y la curva de una sonrisa borracha de leche asomándole en los labios, Alessa duerme. Una manito se escapa del rebozo, y sus deditos se extienden como rayitos de sol, antes de abrocharse alrededor de mi pulgar.

Recuerdo mirarla entonces y pensar lo mismo que ahora.

Esta niña está destinada a ser feliz.


domingo, 7 de agosto de 2016

2

Hace quince años

Hace quince años, el 2001 llegó cargadito de acontecimientos. Ese año pasaron muchas cosas importantes para mí: Peter Jackson estrenó la primera película de “El Señor de los Anillos” , mi libro favorito de todos los tiempos, Al-Qaeda hizo estrellar dos aviones contra las Torres Gemelas y cambió la dinámica del mundo, mientras que en la Argentina comenzaba una crisis que nos alcanzaría al año siguiente.

Sin desmerecer la importancia de esos eventos, en mi vida, lo determinante del 2001 fue el nacimiento de Alessandra, mi segunda hija, una madrugada helada a fines de julio. Estaba con licencia por maternidad cuando atacaron las torres y por eso pude ver la catástrofe en vivo; mi ex me llevó a ver El Señor de los Anillos en la semana de estreno y nos prometimos seguir viendo las siguientes películas el mismo día (no lo cumplimos, para El Retorno del Rey ya estábamos separados), la crisis del 2002 nos golpeó fuerte -si no en el bolsillo, en nuestros proyectos- y la vida familiar se fue al diablo.

Pero el 2001 fue especial, igual que el 95 antes, porque más allá de lo que ocurriera a nivel global, sea conflicto armado, crisis financiera o evento cultural, fueron los años en que nacieron mis niñas, y todo cambió para siempre.

Me parece mentira que Alessa ya tenga quince años. El sábado pasado le festejamos sus “Quince” y estaba reluciente con su vestido blanco cortito, championes negros y pelo violeta. Porque si hay algo que es Ale, es original, y me salió bien friki.

Alessandra se está convirtiendo en la jovencita excepcional que se adivinaba desde hace años. Es inteligente, creativa, malhumorada, y siempre tiene la última palabra. Es muy radical –como buena adolescente– ve el mundo en blancos y negros, y muchas veces lo encuentra en falta, pero solo por estar en él, le aporta color... violeta en este momento.


No es la primera vez que describo a mi niñayanotanniña, y no hay mucho nuevo que decir. Sigue leyendo como desaforada, escribiendo historias inquietantes, y adorando los comics y los anime; tanto que para festejar sus emblemáticos Quince Años, va a ir a una convención de comics en EEUU, con cosplay y todo.

Es divina.

Hace mucho, en una película, escuché una frase que se me quedó grabada: “si todos los niños son especiales; uno se pregunta cómo es posible que después se conviertan en adultos tan comunes”. Siendo testigo de la evolución de más adolescentes de los que puedo recordar, puedo acreditar que esto pasa, pero estoy segura de que no va a ser el destino de Alessa. Si algo va a ser toda la vida, es original.

Y sí, soy una madre boba. Tengo derecho; tengo las hijas más maravillosas del mundo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

3

Resoluciones de Año Nuevo o encarando el Nido Vacío

Generalmente me cuesta un par meses decidirme a cambiar de año. Lograr esa sensación de hojanuevaenellibrodemivida me lleva fácil todo el verano, y suele coincidir con el comienzo de las clases. Recién ahí arranca mi año nuevo y recién ahí puedo empezar a pensar en encarar algún tipo de lista, proyecto o resolución para los meses venideros. A lo mejor es un problema de negación, o el calor que me aletarga, o a lo mejor simplemente es que soy uruguaya y dejo todo para después. La cosa es que recién ahora, a mediados de febrero, me puse a pensar en mi futuro cercano.

Creo que lo más movilizador que va a tener mi nuevo año es que mi hija mayor se muda de casa. Como tantos jóvenes del interior, debe irse a la capital para sus estudios terciarios; y como tantas madres de jóvenes del interior, debo procesar que mi nena se va.


Teniendo en cuenta esto, son dos las cosas que me preocupan en el momento: por un lado, la plata. Tener una hija viviendo en otra ciudad es costoso, y por más que tengo el apoyo económico de los abuelos, no hay dudas de el tema plata este año va a ser un poco difícil. Y por el otro, la distancia. ¡La nena se va!

La plata. Para solucionar este problema tengo varias opciones, lo ideal sería conseguir otro empleo, pero como ya trabajo 52 horas por semana, se me complica un poco, así que se me ocurrieron algunas alternativas:

âPlan B: Podría hacer una Walter White y ponerme a fabricar cristalitos azules. Todavía tengo el texto de Química que le compré a Elisa hace un par de años: tiene como 2000 páginas, por algún lado andará la receta de las metanfetaminas. Después lo único que necesito es conseguir un par de pitbulls, contratar algunos minions con buenos bíceps para que se encarguen del trabajo sucio, y hacer unos libritos tipo Avon para ofrecer mi merca(ncía).

âPlan C: Robar un banco. Para que no digan que no soy una persona eficiente, podría usar los pitbulls y los minions musculosos del Plan B para asustar a los cajeros y lograr que me den el botín. Eso sí, como acá en Piriápolis hay un solo banco, mejor me voy a robar financieras a Punta del Este. Tiene mucho más glamour.

La distancia. ¡Ahh, el famoso síndrome del nido vacío!! Ya me vengo haciendo a la idea desde hace tiempo, pero ahora que llegó, me da un poco de miedito esto de pasar a tener solo la mitad de la familia en casa. Por suerte mi hija menor todavía es chica y faltan años para su partida, así que mi desesperación no va a ser tan grave. Creo.

Acá se me ocurrió que más que una lista de las cosas que podría hacer, tengo que pensar en una lista de las cosas que NO debo hacer:

â NO mudarme a Montevideo. Eso es un gran no-no. Ella necesita su espacio y yo el mío, y Alessa todavía me necesita a su lado.
â NO aconsejarle estudiar carreras raras,como Arqueología o Biología Marina. ¿Que qué tienen de malo esas carreras? Absolutamente nada, pero seguramente no consigue trabajo nunca y en unos años tiene que volver a casita con mamá.
â NO llamarla cada cinco minutos (ídem los sms, whatsapp y/o emails). Para empezar, no hay plan de datos que alcance, y para seguir, sería como vivir a analgésicos en vez de sacarte el diente de una vez. Se fue y hay que asumirlo. Es preferible que disfrute mis llamadas, a que cada vez que vea mi nombre en la pantalla se pregunte qué quiero ahora .
â NO ser morbosa. Esto viene vinculado a la anterior: hay que recordar que las malas noticias viajan mucho más rápido que las buenas; si no me llama, no quiere decir que esté en una cuneta desangrándose (además en Montevideo no hay cunetas).
â NO vaciarle el dormitorio. La idea de armar un precioso escritorio para mí en su cuarto es muy tentadora, pero ya me lo prohibió terminantemente.
â Y por último: NO vivir llorando por los rincones, me puedo resbalar en los charcos.

Bueno, creo que como resoluciones de principio de año (aunque sean a marzo) están bastante bien. No tengo mucha experiencia en el tema, pero dicen que los drug dealers y los bank robbers se llenan de plata, y estoy segura de que podría ser buena en eso de llenarme de plata (ya soy experta en gastarla), así que el primer punto está cubierto.

Por otro lado, si me porto bien y no hago esas cosas espantosas, probablemente sobreviva al síndrome del nido vacío sin apabullar/ahogar a mi hija mayor. No sé si puedo decir lo mismo de la menor, que va a ser la que me aguante durante todo el proceso, ¡pobre Alessa!

Próximamente pensaré en una lista al respecto, lo prometo.

domingo, 10 de enero de 2016

7

Adolescente literata

“Mamá, ¿qué es una insuficiencia cardíaca?”
“Es cuando una persona tiene problemas en el corazón.”
“¿Y cuáles son los síntomas?”
“Bueno, depende; a veces puede tener dolor en el pecho, o el corazón puede ir muy rápido, o muy despacio, o a veces el ritmo varía… ¿Para qué querés saber, te pasa algo?”
“No. Es que quiero matar a mi protagonista y pensé en que le diera un ataque al corazón.”

Pasado el microsegundo en el que pensé que mi hija tenía problemas cardíacos, me di cuenta de lo poco que sabía sobre las enfermedades del corazón y le recomendé que buscara en Wikipedia; para así informarse bien y decidir qué tipo de afección quería que sufriera su pobre creación, mientras me preguntaba qué habría hecho para merecer su muerte.

Porque desde hace un par de años, Alessa escribe. Y escribe, y escribe. Lleva varios libros(las comillas no subestiman, es solo que ella le llama libros a historias más o menos cortas) publicados en Wattpad, una aplicación justamente para leer y escribir.

No es raro verla sumergida en su tablet o teléfono en pleno proceso creativo, y de vez en cuando haciéndome alguna pregunta: “¿cómo es que se le dice a eso que hacen para resucitar a la gente?” “¿cómo describirías este vestido, mamá?” “¿qué idioma hablan en Sudáfrica?” “Qué quiere decir CTI?”


Y si no está escribiendo, está leyendo -horas y horas de lectura- o mirando series de TV, o animes en la computadora. Es fanática de Teen Wolf’, ‘Death Note’  y ‘Batman’. Le encantan las novelas llenas de licántropos, sirenas y vampiros adolescentes; shippea a Larry Stylinson (o sea, fantasea con un romance entre Louis y Harry, miembros de One Direction), está enamorada de Dylan O’Brien, y dice que no va a tener novio porque sus compañeros son muy aburridos.

“Yo quiero aventuras, mamá. Un hombre lobo o un vampiro. Que no me vengan con invitaciones al baile o a ir a la rambla; la literatura me ha arruinado,” me dice, mientras los ojos verdes, grandes como los de un insecto nocturno, le chispean en la cara, y me muestra los dientes cubiertos de brackets en una sonrisa bandida que va de oreja a oreja.

Alessa es malhumorada, graciosa y ocurrente, y la inteligencia le burbujea debajo de una muy estudiada -y conveniente- distracción. Como buena Leonina, quiere manejar la casa, y siempre se queda con la última palabra (aunque sea “sí, mamá”). Tiene la risa y el llanto fácil -lo que se hereda, no se roba- ¿y ya dije que era malhumorada? Eso tampoco lo robó, pero me supera ampliamente.

Está en esa edad en que todo es un quemo: no deja que la bese en público (pero cuando estamos solas parece un gatito mimoso) y se avergüenza si me oye gritar (o sea, siempre). Vive en su mundo; se aísla en su cuarto, escucha música demasiado fuerte, y lee hasta que amanece.

Se parece tanto a mí a esa edad que me asombra. Mi dios, ¡cómo quiero a esa niña!

martes, 1 de diciembre de 2015

9

Ella está bien

Afortunadamente, y aparentemente, se acabaron los peores meses de mi vida. Nunca había estado tan asustada, ni tan superada, como este último tiempo. Tener un hijo enfermo es de lo peor que puede pasarle a alguien, y que ese estado se prolongue, es de lo más desgastante.

Como he dicho alguna vez por este medio, mi hija mayor es complicada; tiene la mala costumbre de somatizar sus problemas en estados de salud más o menos delicados. Nunca es nada demasiado grave, ni demasiado peligroso, pero sí constante. Como esa tortura china de la gota en la cabeza, ¿vieron?

Hasta que, como buena bomba de relojería, al final explota, y la lleva a disfrutar de la hospitalidad hospitalaria, valga la redundancia, por más de una semana, incluidos dos días en cuidados intensivos.

Ahora ya está en casa otra vez, disfrutando de su salud de nuevo, porque Elisa se mejoró casi en un 100%, sin mucha explicación de qué era lo que tenía, ni qué es lo que la está curando.

No sabemos si es que dejó un tratamiento que podía estar causándole efectos secundarios, si es que la nueva medicación que está tomando le está haciendo bien, o si simplemente se llevó un susto de muerte y decidió mejorar solita. O las tres.

Como sea, ella está bien. [#suspiro]

El tema ahora soy yo. Será que todavía estoy muy cansada, o a lo mejor estoy tratando de abarcar demasiadas cosas a la vez, y -a pesar del apoyo incondicional de mi familia y amigos [#vivanlasredesdeseguridad]- a veces siento que me estiro demasiado, como cuando tratás de untar poca manteca en una tostada muy grande.

Una no elige los golpes que le da la vida, pero sí como responder a ellos. Mis hijas son mi prioridad, pero si no me cuido a mí misma, poco puedo cuidarlas a ellas. Siento que necesito un cambio, pero no sé bien qué, ni cómo; aunque tener la certeza de que tengo que hacer algo ya es un principio, ¿no?

Despacito y por las piedras. Hasta en este asunto de los cambios, la práctica hace al maestro.

viernes, 3 de enero de 2014

11

25 cosas para decirle a mi hija casi mujer

'Dicen que soy
Un libro sin argumento,
Que no sé si vengo o si voy,
Que me pierdo entre mis sueños.

Dicen que soy una foto en blanco y negro,
Que tengo que dormir más,
Que me puede mi mal genio'.

"Esta soy yo"
El Sueño de Morfeo


La mayor parte del tiempo uno anda nadando tranquilamente por este río de la vida y de pronto, zápate, aparece una catarata y te lanza al vacío dentro de un barril. Bueno, tal vez esté siendo un poquito dramática de más, pero que un hijo llegue a la mayoría de edad se siente como un tatequieto igual.



Elisa cumplió 18 el domingo pasado, y es demasiado pronto. Parece que fue ayer cuando le conté los deditos a ver si había llegado con los diez y traté de adivinar el color de esos ojos achinaditos que todavía no sé bien de quién heredó; no me parece muy lejano el día en que bailó el vals de los Quince, se le cayó el primer diente o entró a la escuela. Hoy ya es bachiller, casi universitaria, tiene novio, trabaja, y pronto estará viviendo en otra ciudad. Ya es una mujer.

Esta madre está ‘tatequietizada’.

Y como en este momento me siento un poquito desesperada –ya sé, estoy hecha una drama queen– me tuve que sentar y ponerme a pensar en algunas cosas que quiero decirle ahora que es una mujercasiporsaliralmundo.

1. Siempre voy a estar para vos. Sin condiciones. Sin excepciones. (Pero no ciega sorda y muda, a lo monito de marfil, no pidas milagros).
2. Hay chicos después de secundaria. Si no me creés, mirá a tu padre y a tus tíos.
3. Preparate y sé autosuficiente, aunque tengas un compañero que ayude a pagar las cuentas. Nunca se sabe si no vas a necesitar mantener a tu familia algún día.
4. Todavía es un mundo de hombres. Aunque lo manejemos las mujeres.
5. Difícil que seas buena en el sexo antes de los 30. Por eso hay que practicar bastante.
6. No importa si está enrulado o lacio, corto o largo, negro o anaranjado... ¡Es solo pelo!
7. Nunca mientas sobre las cosas realmente importantes (a menos que tengas muy buena memoria). No, ni en ese caso (perdón, era mi lado maligno hablando).
8. No sos mejor que nadie, y nadie es mejor que vos.
9. Nunca pierdas tu sentido del humor.
10. Las leyes de Newton se cumplen hasta fuera de la física; sobre todo esa de la acción y reacción: depende del esfuerzo que pongas en algo el resultado que vas a obtener.
11. Cuando le preguntes a un hombre: “¿En qué estás pensando?” y te responda: “en nada”, creéle; es verdad.
12. El mundo espera que seas hermosa e inteligente, solo por ser mujer. Vos ya sos las dos cosas, pero si hubiera que elegir, apostale a tu inteligencia.
13. Canillas, destornilladores o perillas: para la derecha se ajustan, para la izquierda se aflojan (la derecha es la mano de escribir ;).
14. Siempre seguí tu corazón, pero llevá la cabeza en la valija.
15. Un condón te puede salvar la vida; metafórica y literalmente.
16. Hay palabras mágicas, y no es un cliché: ‘por favor’, ‘gracias’ y ‘perdón’. También podés agregarle: ‘sí’ y ‘no’, según amerite. Aprendé a usarlas bien.
17. No hay una sola persona que pueda ser tu todo. Tené mucho cuidado al darle tanto poder a alguien.
18. Reíte más y llorá menos que yo.
19. Nunca es tarde para empezar a comer más vegetales...
20. No le hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran, esto es doblemente válido cuando se trata del corazón.
21. No seas como yo, informate un poco sobre este país en que vivimos. Mirá algún noticiero de vez en cuando.
22. Siempre te vas a acordar de tu primera vez de todo, no importa lo que sea. Así que cuando vayas a hacer algo nuevo, da un paso atrás y preguntate si realmente es el momento indicado.
23. Como yo nací con todos mis óvulos (igual que todas las mujeres) cuando estaba en la panza de tu abuela, vos también. No te olvides de tu historia materna y trasmitísela a tus hijas.
24. Un día te vas a mirar al espejo, y me vas a ver.
25. No sos una foto en blanco y negro. Estás llena de colores, y brillás.


P.D. Te amo.

viernes, 13 de diciembre de 2013

9

Pediculus humanus invictus

Por suerte mi hija menor abandonó su aspiración de ser la Rapunzel del cuento y se cortó el pelo, porque por undécima vez este año (por no decir vigésima segunda, o trigésima tercera, ya perdí la cuenta) me encontré hoy pasándole el peine fino, a la caza de esos persistentes ‘pediculus humanus’. Para más información: filo arthropoda, familia pediculidae y género pediculus, y para menos, sencillamente, ¡piojos!

Es increíble, no sé los litros de matapiojos que he consumido en  estos años de etapa escolar. Son bichos implacables, perseverantes, incontables, invulnerables, reencarnables, tenaces y cualquier otro sinónimo de algo que cueste matar que se les ocurra pensar, y que no se les ocurra, también. No me extrañaría que dijeran, como el poseído: “mi nombre es Legión, porque somos muchos.”

La cosa es que mientras le aplicaba remedio contra la pediculosis por undécima vez (o vigésima segunda, o trigésima tercera, vayasaber) nos preguntamos si sería considerado violencia doméstica matar piojos a martillazos.

A razón de eso empezamos a jugar con Alessa a inventar titulares pintorescos para el semanario local (no publiqué los más 'gore' por miedo a que me vetaran el blog):

"Madre agrede a su hija con peine fino en crisis de locura."

"Mujer procesada por reiterados delitos de pediculicidio."

"Escándalo en Piriápolis: madre echa a su hija de casa. Tenía piojos."

"Familia en estado crítico tras ataque de piojos vampiros."

"Menor lucha por su vida por sobredosis de pediculicida."


A la vida hay que tomársela con humor, aunque sea un poco negro... J

miércoles, 28 de diciembre de 2011

16

Paranoica

Mi hija empezó un blog hace un tiempito. Está precioso: lindo diseño, buenas imágenes, muchas entradas típicamente adolescentes, y un montón de faltas de ortografía... Pero bueno, ¡está escribiendo! Así que ni ahí me quejo; que logre poner sus ideas y emociones sobre papel –o pantalla en este caso– es un aprendizaje en sí mismo.

El tema es que ahora entiendo a mi madre cuando me pregunta: “¿¡Vas a escribir sobre esto!?” Ufa, de pronto me siento bastante más paranoica de lo normal.paranoica

Gurisita insoportable, ¡siempre sabe cómo tenerme en ascuas!!

miércoles, 16 de noviembre de 2011

28

Delincuentes oníricos

Antes que nada, déjenme explicarles el concepto de ‘delincuente onírico’. Estoy hablando de esa gente que les hace alguna afrenta espantosa en un sueño, como explicar sus hábitos de limpieza o robarles el novio. Seguramente todos han tenido este tipo de sueños alguna vez, ¿no?

Pues bien, esta mañana me desperté luego de un persistente, inquietante y fastidioso sueño en el que mi hija no sólo le daba una copia de la prueba de inglés a sus compañeros de clase (su profe y yo trabajamos en coordinación, así que la prueba es común), sino que les decía que yo dejaba

¡los delincuentes oníricos deberían pedir perdón por la mañana!

hacer trampa y les daba consejos sobre cómo hacerlo... ¡y luego se negaba rotundamente a pedirme disculpas!

En esta parte de la historia -vaya a saber por qué- Elisa me convidaba con una torta de chocolate deliciosa, pero eso no me hacía sentir mejor, ni en el sueño, ni cuando desperté. Todavía estoy fastidiada con ella, y más aun porque no puedo vengarme por su traición, o al menos exigirle una disculpa. Porque los delincuentes oníricos deberían pedir perdón en la mañana, ¿verdad?

Sí, sí, ya sé que me van a decir que no es su culpa lo que pase por mi cabeza. Pero evidentemente existe alguna razón para que mi subconsciente esté tan enojado con mi hija que invente historias intrincadas en las que me hace maldades. (Y si voy a ser sincera, sé muy bien por qué estoy tan fastidiada: Elisa se llevó tres materias a examen, grrrrr. ¡Tres!!! Si lo único que tiene que hacer es estudiar, ¡cómo es posible!!!)

De cualquier manera, cualquiera fueran los motivos, la respuesta es sí, los delincuentes oníricos deberían pedir perdón en la mañana, preferentemente con una porción de una exquisita torta de chocolate.



torta de chocolate que NO disminuye culpas

martes, 8 de noviembre de 2011

20

Indagaciones

Esta mañana, mientras cepillaba el pelo demasiado largo de Alessa para ir a la escuela (creo que quiere competir con Rapunzel), se me ocurrió hacer algunas indagaciones discretas...

“Vi un libro de animales muy lindo el otro día, ¿le gustará a tu primo?”
“Claro, pero el cumple de Bruno ya pasó.”
“Ya sé, pero a lo mejor para regalo de Navidad...”
“Pero mamá, ¡si de eso se ocupan Papá Noel y los Reyes!”

Su respuesta fue lapidaria, pero maté dos pájaros de un tiro: ya sé qué dejarle a mi sobrino en el arbolito y que mi hija sigue creyendo en sus seres mágicos a pesar de sus 10 añitos.


Y no, no se está haciendo la viva para seguir recibiendo regalitos, está convencida, ¡le hubieran visto la cara!

miércoles, 20 de julio de 2011

20

Quince años

Dicen que lo prometido es deuda, y como yo siempre pago mis deudas, aquí les pongo algunas fotos de mi nena vestida de quince. El fotógrafo se tardó seis meses (sí, leyeron bien, seis meses) para entregarnos las fotos, ergo la demora. quince años

Pero bueno, las fotos están preciosas así que se lo supo disculpar. De la niña no voy a decir que parecía una princesita o que ya es una mujer o cualquiera de esas cursilerías, prefiero que las imágenes hablen por sí mismas (mi dios, que hipócrita -y babosa- que soy).



Quince años

el brindis
15 velas
el vals
el vals
Quince años

martes, 12 de julio de 2011

20

Herejías

Lo más probable es que muchos de los que me leen sean personas religiosas, y probablemente sacudan la cabeza cuando me lean. Hay grandes probabilidades de que me consideren una hereje, y es probable que lo sea. Pero también soy profundamente respetuosa de las creencias de los demás -y ahí no hay ningún probable, es un hecho- así que por favor no crean que ataco o me burlo de nadie con esta entrada... solo quiero compartir mi risa.

Esta noche estabamos haciendo un resumen sobre la conquista de América con mi hija, y mientras leíamos sobre los protagonistas de la conquista, nos encontramos con esta oración:

“Los sacerdotes viajaron a América para cristianizar a los indígenas.”

‘¿Qué quiere decir cristianizar?’ Me preguntó Alessa al llegar allí. No me sorprendió, era de esperar dada la singularidad de la palabra. Aparté la vista del libro y le contesté.

Cristianizar viene de cristiano, y cristiano viene de Cristo...’

‘¿Y qué es Cristo?’ Me interrumpió ella, y ahí sí me sorprendió; creo que parpadeé antes de contestarle. Pero bueno, Cristo nunca estuvo presente en mi casa, no es de extrañar que no conociera la palabra.

‘Quién. Cristo es Jesús...’ le respondí – a Jesús sí lo conoce, obviamente; vive en una sociedad de tradición católica, y siempre hay algún motivo para visitar iglesias...

‘Ahh, ¿en otro idioma?’ Me preguntó con ojos muy grandes.

‘No, es otra forma de llamarlo. Cristo es Jesús; cristianos son los que creen en Cristo, o sea, en Jesús. Como los católicos. ¿Entendés?’

‘Sí.’

‘Bien, entonces, si catolizar es convertir a la gente en católicos, cristianizar es convertir a la gente en...?
Cristales
‘¡Cristales!’

Ahí sí me reí. Me encantó la cadena de ideas que había culminado en ese resultado. Juro que había logrado mantenerme seria, pero ahí solté una carcajada.

Como ya les dije, soy muy respetuosa de todo lo que es religión, y si bien no creo en nada, siempre he sido cuidadosa con el tema. Mis hijas no han recibido enseñanza religiosa, pero tampoco han recibido –creo– ningún flechazo en contra. Al contrario. Cuando Eli quiso hacer catequesis porque sus amiguitas también iban, se lo permití, aunque creo que solo fue a tres clases antes de aburrirse; obviamente también le permití abandonar.

Soy de la opinión de que cuando tengan edad para elegir partido político, tendrán edad para elegir si creer o no en un dios; mientras tanto, que maduren. O imiten a Theodore Sturgeon y sueñen con cristales.

sábado, 26 de febrero de 2011

16

Apagones y desventuras

Yo no fumo. Para la mayoría de la gente, y para mí la mayoría del tiempo, no fumar es una ventaja. Casi todos los fumadores que conozco reniegan de su vicio. Sin embargo, hubo un momento hace unos años cuando no fumar me hizo sentir totalmente desvalida.

“¿Pueden creer lo que me pasó la otra noche?” les dije entonces a la Tere y la Otra, mis amigas, mientras las miraba fumar. “¡Necesitaba fuego y no había ni un hombre cerca!”

Todavía me acuerdo de cómo me miraron; ahí pensé un poco y me repetí lo que acababa de decir… no encontré nada raro y seguí adelante.

“Sí, es que me quedé sin fósforos y… Bueno, ¿qué pasa?” pregunté ante la continuada cara de perro de mis amigas. “Esperen que les explico,” me apresuré a seguir, segura de que me iban a entender apenas supieran lo que había pasado.

Llovía. Acá en mi pueblo, caen dos gotas de agua y tenemos apagón, y aquella noche caían más de dos. La tormenta era tremenda, de esas que asustan a los niños y hacen que las viejas tapen los espejos. Obviamente, se cortó la luz. Nada demasiado complicado. ¿Quién no ha estado en un apagón? Se prenden algunas velas y listo.

Aparte, los apagones cuando llueve tienen algo de mágico. Las velas dan al ambiente un toque especial y hay cierto atavismo en eso de reunirse alrededor del fuego, aunque sea la llama temblorosa de una vela. Y son románticas. Si además le sumás el sonido de la lluvia y los truenos, el resplandor de los relámpagos y la ausencia del sempiterno televisor – o en mi casa, la computadora – los apagones se convierten en veladas diferentes y encantadoras...

El tema fue que… ¡yo no fumo!! Supongo que se preguntarán qué tiene que ver una cosa con la otra. Por favor, no me miren como la Tere y les explico a ustedes también.

Es que no conozco un fumador que no ande siempre con un encendedor o fósforos encima – los cigarrillos no sirven de nada si no se encienden, ¿no? Bueno, pues las velas – sí, esas velas tan lindas y románticas, y la cocina – sí, esa cocina no tan linda ni tan romántica, tampoco. Ni hablar de la estufa a leña – el súmmum del romanticismo. Sin fósforos o un encendedor, no sirven para nada, ¡aun un boy scout necesita tres palitos y un fósforo para encender una fogata! Y eso fue precisamente lo que me pasó esa noche, ¡no pude encontrar un puto fósforo en toda la casa!

La oscuridad era total, llovía que parecía el Diluvio Universal, los truenos hacían temblar los vidrios de la casa y ¡no había ni un hombre que fumara cerca! Fue en este momento de mi historia cuando Tere y la Otra me volvieron a mirar con cara de pocos amigos... las dos fuman. Y son mujeres.

“Nena, estás mal,” me dijo la Otra. “Te salió el dolor del alma.”

Es claro que tenía razón. Ella suele tener razón, es sorprendentemente lúcida. En realidad lo que yo extrañé esa noche no fueron los fósforos, ni a un fumador anónimo que me los proveyera, sino a mi ex, que era fumador y que siempre tenía encendedor encima.

Para quebrar una lanza a mi favor, sepan que en mi familia las mujeres no fumamos. No sé por qué, supongo que casualidad. Pero no fumamos. Ni una sola. Mi madre, hermana, primas, abuelas, tías, yo... ninguna fuma. Sí lo hacen, o lo hacían, los hombres: mi padre, mi ex, mi cuñado, mi abuelo, tíos, primos... No es disculpa por ser tan ciega, solo una aclaración.

Volviendo al cuento, creo que pocas veces me sentí peor que esa noche. No había luz, pero eso era lo de menos, el tema es que tampoco había calefacción, ni nada que comer. Mi cena planeada – carne con papas y boniatos – implicaba horno, que es eléctrico, y todo lo que había en el aparador implicaba fuego, que no podía prender; en la heladera solo había leche, generalmente no hay mucho más, así no me tiento; y mis nenas tenían hambre, frío y estaban asustadas.

Me sentía como Ricardo III, en cualquier momento gritaba: “¡Un fósforo! ¡Un fósforo! ¡Mi reino por un fósforo!”

Me acuerdo que les di un vaso de leche, fría, claro, a cada una y las acosté conmigo en la cama grande. Tratando de hacer oídos sordos a sus quejas, les empecé a contar de Francie Nolan y su mamá, Katie.

Los Nolan eran una familia de gente humilde que vivía en Brooklyn a principios del siglo pasado. La novela ‘Un árbol crece en Brooklyn’ fue una de mis favoritas de la niñez, al igual que ‘Jane Eyre’ – no sé qué hay en esas historias de heroínas sacrificadas que le gusta tanto a los niños.

Cuando la cosa estaba tan difícil que no había qué comer en casa de los Nolan, la mamá se metía a la cama con Francie y su hermano y jugaban a que eran exploradores a los que se les habían acabado las provisiones mientras escalaban alguna montaña.

Parecía más fácil en el libro, o los Nolan estaban más acostumbrados a pasar privaciones. Mis hijas no encontraron divertido el cuento, y me dijeron que no les gustaba jugar a eso.

Ale, muy seria, me explicó que ella no quería subir montañas, que lo que ella quería eran boniatos, y Eli me repitió por vigésima vez que su papá siempre tenía un encendedor. “Sí, mi amor, ya sé que papá tiene encendedor,” le contesté suavecito, tratando de no perder la paciencia; la niña no tenía la culpa de mi incompetencia, al fin y al cabo. “Nosotras también… en algún lado.”

Aparte de mi drama personal con los fósforos y los fumadores, no pude dejar de ponerme en el lugar de todas esas madres que acuestan a sus hijos sin nada en el estómago, pero seguramente no por motivos absurdos como el que me aquejaba. Un lugar que, desde mi posición de privilegio como profesional de clase media, nunca había ni siquiera rondado. No me gustó nada, aunque saber que llegado el día todo iba a volver a la normalidad lo hizo más tolerable, como el idealista que se cubre los ojos para vivir como ciego, pero que sabe bien que la venda se puede sacar en cualquier momento.

Creo que esa noche hubiera empezado a fumar, con tal de no sentirme tan mal. O llamado a mi vecino, que también fuma. ¡Hasta al sodero! Pero esto nunca se lo dije a nadie, ya no cometo los mismos errores. Aprendí.

Ya no les digo a mis amigas fumadoras que necesito un hombre para prender una vela. Ahora les digo que necesito un fósforo, aunque a veces sea casi la misma cosa.




miércoles, 12 de enero de 2011

2

"Estamos fritos, murió María Elena Walsh."

Abuela, ¿las suricatas existen de verdad?”
“¿Qué son las suricatas?”
“¡'Timón' es un suricato!”
“Ahhhhh... No sabía qué bichito era.”
“¡No sabés nada, abuela!¿Qué te enseñaban en la escuela?”
“Uff, ¡hace tanto tiempo! Ya me olvidé de qué me enseñaban.”
“Tenés que volver a la escuela. Como la vaca de Humahuaca.”


E l pasado 10 de enero falleció María Elena Walsh; apenas leí la noticia, recordé este diálogo entre Alessa y mamá mientras miraban 'El Rey León' por centésima octava vez. E igual que entonces, volví a imaginar a mi madre con túnica blanca, guantes de tul y zapatos rojos, sentada en el primer banco, muy atenta a sus lecciones. Seguro todos los niños se reirían de ella, le tirarían tizas, y terminarían tan borricos como los que imaginó María Elena.

María Elena Walsh Un ícono de la canción infantil por estas latitudes, María Elena Walsh (Argentina, 1930-2011) creó personajes inmortales como la abnegada Manuelita, la Naranja paseandera y su cazador el Mono Liso, o la vieja vaca estudiosa. Ahh, y al elefante Dailan Kifki, mi favorito. Una Genia la María Elena.

Con ella se fue un poquito de mi niñez, y de la de mis hijas. Fueron, y serán espero, cientos de horas-oído endulzadas por sus canciones, otras tantas horas-vista leyendo cuentos de Gulubú o aventuras de elefante. Seguro habrá más anécdotas como la que conté arriba, y volveré a intentar no provocar daños auditivos permanentes cuando lleguen mis nietos y me pidan que cante (a Elisa le gustaba ‘Manuelita’, Ale solía pedirme la ‘Marcha de Osías’; vaya a saber qué pedirán sus futuros vástagos).

Lo que espero que no vuelva a pasar, es la necesidad de cerrar las ventanas cuando se me dé por escuchar sus canciones para adultos, como hacía mamá en épocas de dictadura – y que yo, en mi inocencia infantil, no entendí hasta mucho después (aunque sus letras con denuncia social eran tan sutiles e inteligentes que dudo que los milicos entendieran más que yo).

Todavía andan por ahí los discos que escuchaba entonces, y fue un cedé con sus canciones el primero que le compré a Elisa cuando eran caros y aún no se podía bajar música de internet. Imposible olvidarla, aunque quisiera.

Parafraseando al hermano Roberto: “Estamos fritos, muríó María Elena Walsh.”



martes, 11 de enero de 2011

11

Las manos de Alessa

Las manos de Alessa son el resultado de un exitoso cóctel genético que, por suerte, me excluyó. Son largas y delicadas como las de mi hermana y lucen las uñas de mi madre, finas y elegantes; casi transparentes, como las del padre, se les adivinan las venas violáceas bajo la piel, cual alas de libélula abrazándole los dedos. Cuando las mueve -a veces precisas, a veces enérgicas, pero nunca torpes- mutan en mariposas que revolotean inquietas; y en reposo, serían la envidia de la Venus de Milo.

Me puedo pasar horas mirando las manos de mi hija.







(tengo esta entrada escrita hace tiempo, siempre a la espera de sacarle una foto a sus manitos para publicarla... al final decidí usar una foto vieja -del 2006- y no tan específica. Igual ilustra.)

viernes, 31 de diciembre de 2010

11

El Ratón Pérez es un ratón de laboratorio

Anoche me reconcilié totalmente con la Navidad. Por favor no me digan incoherente, porque seguramente cuando les explique por qué me van a entender (aunque siguen sin gustarme los villancicos, las decoraciones y los especiales navideños).

Elisa festejó fin de año invitando amigas a un pijama party tecnológico (tecnológico porque gran parte de la noche se la pasaron cada una con su netbook chateando con amigos, ¡e incluso entre ellas! Increíble.) Por este motivo, Alessandra fue totalmente exiliada del dormitorio de su hermana y tuvo que venir al mío en busca de calor humano.

A mí me encantan esos momentos en la cama con mis hijas, debe haber algo en la oscuridad, la posición y el calorcito compartido que las remonta a espacios uterinos y les afloja la lengua, porque es donde he disfrutado de las mejores conversaciones con ellas. Impagables algunas.

Así es que, después de quejarse amargamente de las injusticias de la vida –como que ella tenga 9 años, su hermana y sus amigas 15, y que por lo tanto no le permitan compartir espacios – Alessa me salió con el siguiente diálogo:

“Me siento observada. Siempre me están observando.”

“Claro que siempre te están observando, mamá y papá te observan, porque te cuidan, así sabemos dónde estás y cómo.”

“No, no,” protestó. “No por ustedes; me siento observada por Papá Noel. Siempre está mirando si me porto bien o mal; me siento observada.”

Conteniéndome para no reírme, puesto que el tono de voz y el asunto eran muy serios, le respondí que sí, que eso era lo que tenía Papá Noel, pero que bueno, también le dejaba regalos, así que valía la pena. Con eso tuvo que estar de acuerdo, pero después siguió:

“Es que también me observan los reyes magos, y esos son tres. Hay un montón de gente mirando. Decime, mamá, ¿hay alguien más que me observe?”

Yo pensé un poquito y le dije: “está el Ratón Pérez, ese te observa para saber cuándo perdés los dientes y poder dejarte plata.”

Ella asintió en la oscuridad y se quedó callada unos segundos. “Para mí que el Ratón Pérez es un ratón de laboratorio. De esos de los experimentos, por eso habla.”

“Ah sí, es probable,” le contesté, y no se imaginan el trabajo que me dio que esa respuesta sonara lo suficientemente seria. Evidentemente mi hija ve demasiada televisión, y yo también, porque ya me estaba imaginando un Ratón Pérez blanco y cabezón, algo así como una versión uruguaya de Pinky y Cerebro.

“El Ratón Pérez, Papá Noel, los Reyes Magos...” enumeró ella, y le veía la silueta de sus deditos mientras contaba. “Son cinco... ¡Cuántos seres mágicos hay en el mundo! ¿Verdad, mamá?”

¿Cómo no voy a amar la Navidad –o su magia, al menos– después de eso? ¡Que siga habiendo 'seres mágicos' por un buen rato!

miércoles, 15 de diciembre de 2010

10

¡Salió todo bien!

Qué vergüenza, casi un mes atrás dije que volvería pronto, y no lo hice. Eso casi se parece a mentir (cosa que hago seguido, pero no sin motivos). El tema es que esta vez no tengo motivos… ya terminé las clases, corregí todas las pruebas, hice promedios, cerré libretas (para los ajenos al gremio: instrumentos de tortura diseñados por no-docentes para que los sí-docentes registremos evaluaciones, planificaciones y desarrollos de los cursos), pero sobre todo, ya pasó el cumpleaños y... ¡nada! ¡Sigo en estado naranja!

No hay excusas, así que aquí estoy, trying to make amends...

El cumpleaños salió precioso. Lo único lamentable fue que mi suegra se indispuso justo esa tarde, y no pudo ir a la fiesta, pobre abuela, algo imposible de recuperar. Por suerte se puso bien a los pocos días.

Aparte de eso – que no es poca cosa, ya sé – todo anduvo a la perfección, como un mecanismo bien engrasado (y más valía, nos pasamos como seis meses engrasándolo para que así ocurriera). La quinceañera estaba hermosa, el servicio fue bueno y abundante, la música divertida, la banda cantó lindo, los invitados pasaron bien, y yo no lloré nadita (eso fue lo más meritorio). Pero sobre todo, Elisa estaba feliz, disfrutó su cumpleaños más que todos los demás juntos.

fiesta de quince

(estaba hermosa, ¿verdad? Prometo colgar alguna foto mejor cuando reciba las 'oficiales')



Saben, recién al leer los comentarios de mis amigos españoles me di cuenta de que la celebración de los quince años no se festejaba en España. Mi ignorancia en el tema me había hecho creer que era una celebración de origen español, como casi todas las que observamos que no son por motivos religiosos. Por supuesto eso picó mi curiosidad, así que investigué un poco y me sorprendí bastante.

Al parecer la celebración de los quince años en una mujer tiene varios orígenes, pero el consenso general parece ser que el origen primario fue una ceremonia proveniente de las culturas precolombinas mexicanas, que se mezcló luego con las tradiciones europeas de los conquistadores:



La Quinceañera es una gran celebración en la vida de una muchacha latina. Al cumplir quince años, la comunidad reconoce el pasaje de niña a mujer. La celebración se originó en la tradición azteca y tolteca en México.

En estas culturas, al llegar a la fecha de quince años, las jóvenes salían de la familia a la escuela telpochcalli, donde aprendían la historia y tradiciones de su cultura y se preparaban para el matrimonio. Luego, regresaban a la comunidad y se les celebraba la fiesta de quince años.

Con la conquista, los aztecas perdieron mucho de su cultura. Los españoles, que eran católicos, incluyeron en la tradición indígena la inserción de una misa. En el siglo XIX, el Emperador de México, Maximiliano, y su esposa Carlota, introdujeron el vals, los vestidos, y su importancia en la vida social
a la Quinceañera.


Hoy en día la fiesta de quince se celebra prácticamente en toda Latinoamérica y en las comunidades latinas de Estados Unidos, y su contenido religioso varía dependiendo del lugar. Debo decirles que Uruguay es un país muy laico, por lo que la iglesia raramente aparece en esta celebración: generalmente no hay misas, ni bendiciones, ni siquiera una crucecita...

Pero sí tenemos el vestido blanco, el vals, el brindis y la ceremonia de las velas, y sobre todo, este rito de pasaje, totalmente simbólico, de niña a Negritamujer.


Mi dios, ¡qué vieja estoy!

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