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domingo, 24 de agosto de 2008

6

Piel ajena

Desnuda, se sentó sobre la alfombra mullida, asumiendo la posición de loto: las piernas cruzadas, las manos descansando sobre las rodillas. Cerró los ojos. La imagen de una pelirroja alta con la que se había cruzado en su camino a casa se dibujó claramente en su mente y se concentró en ella. Despacio, todos los sonidos externos se desvanecieron y solo pudo escuchar su propia respiración, pausada, casi letárgica.

Con solo pensarlo, sus genes se reacomodaron, como los colores de un cubo Rubik en las manos de un niño habilidoso, cambiando carne y hueso a su antojo. Casi sin esfuerzo, su piel se aclaró y sus miembros se extendieron y se moldearon con músculo; su rostro se transformó también, reflejando las facciones de la otra mujer, y su cabello oscuro y largo se disolvió en un casquete de encendido color rojo.

Cuando finalmente se levantó y fue a revisar su nueva apariencia en el espejo, una cara desconocida la esperaba. Su cabello ya no era negro, su piel, ahora blanca y pecosa, estaba perlada de transpiración por el cambio; su nariz era más larga, su boca más fina… y había crecido hasta superar ampliamente su usual estatura. Lo único reconocible en su rostro eran sus ojos: el mismo marrón aterciopelado de siempre la miraba desde el espejo, no el azul celeste del que los había pintado en su mente.

“Desprolijo, muy desprolijo,” se dijo, molesta; preguntándose por qué le resultaba tan difícil cambiar sus ojos, cuando traicionaban su naturaleza tan fácilmente a la hora menos deseada.

Media hora después, una pelirroja alta salió del apartamento y se dirigió a la calle. Con paso ágil, comenzó a recorrer la docena de cuadras que la separaban de su destino, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro. A ella siempre le había gustado caminar en piel ajena; en esos momentos casi podía creer que era alguien más, alguien humano.






lunes, 11 de agosto de 2008

7

Frío

Amanecía. Casi se podía intuir el calor del sol contra las cortinas y distinguir los laberintos del cielorraso trabajado. La luz gris del alba apenas iluminaba la quietud del momento, hasta que un leve movimiento bajo las sábanas rompió el encanto. Unos labios tibios presionaron contra el costado de su cuerpo, subiendo despacio, acompañados en la caricia por manos aún más calientes que hicieron estremecer su piel fría, muy fría.

Ella se concentró en la blancura borrosa del techo.

Ignoraría la situación tanto como pudiera. No entendía muy bien cómo había llegado hasta ahí; la secuencia de eventos que la habían traído a esa cama se perdía en algún momento de la noche pasada. No tenía idea de por qué había actuado así, y no sabía si quería saber. Pensó en otra cama, en quien dormía en ella, confiado y ajeno, y nuevamente se estremeció de frío.

La mano le abarcó un pecho, y ella – instintivamente - se arqueó para llenarla. “Por esto,” se dijo. “Era inevitable.” Despacio, insegura, bajó la mirada hasta la mata de cabello oscuro que se apoyaba contra ella, sin sorprenderse demasiado por la corriente de deseo que le hormigueó bajo la piel. Su amante la miró, le sonrió y volvió a concentrarse en sus caricias. Tenía las manos muy calientes.

Lo apartó de sí. “Esto no está bien.”

Él se detuvo por un segundo tan corto, la mano congelada en medio de su juego, que ella razonó que solamente había imaginado la pausa.

“No me importa,” le contestó, encogiéndose de hombros.

Luego cambió de posición, se estiró a su lado y la acercó a su pecho. Ella se resistió por un momento, pero se relajó contra él ante el abrazo paciente.

“Nunca había hecho algo así antes…”

“¿Estás arrepentida?” Su aliento cálido le cosquilleó en el rostro y ella luchó contra el espasmo súbito y violento - ¿de frío? - que provocó. El hombre sonrió ante esa reacción involuntaria. “¿No podés simplemente disfrutarlo?”

Con un destello malicioso en sus ojos claros, deslizó un dedo inquieto y abrasante por su piel helada, trazando su camino de un pezón al otro, y luego hacia abajo, hasta finalmente perderse bajo las sábanas.

A ella se le escapó un resignado suspiro de placer.

Envalentonado por su respuesta, su boca buscó la de ella, y la mujer celebró haberse decidido a dar ese último paso, por las razones que fueran. Intuitivamente reconociendo su victoria, él profundizó el beso. Jugó con sus labios, recorriéndolos, la invadió y se dejó invadir, a la vez provocador y cautivo. Luego se alejó, dejándole la boca vacía, los ojos oscuros de pasión y la piel otra vez fría.

“¿No te alcanza con esto? ¿No es suficiente razón?”

El silencio se hizo espeso, difícil de respirar, mientras él esperaba su respuesta. Parecía tan masculino y fuerte, y sin embargo, no demasiado escondida bajo el deseo que mostraban sus ojos, había vulnerabilidad pura en su expectativa.

La mujer se dio por vencida. Asintiendo, se acercó y se arrellanó contra su forma caliente y segura. Sintió un nuevo estremecimiento, pero estaba bien... ya no tenía frío.

Eso era lo que la asustaba más.

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