-

domingo, 22 de noviembre de 2009

0

Caja de resonancia

Si alguna vez apoyaron la oreja contra un parlante, entenderán lo que digo. Se siente raro. Son muchas sensaciones diferentes: el sonido pega muy fuerte, claro, pero a la vez se puede oír el vacío adentro de la caja y el eco que resuena contra las paredes de madera, mientras las vibraciones provocan cosquillas tan profundo en los oídos que te hacen picar hasta los dientes.

¿Lo tienen? ¿Pueden sentirlo?

Ahora, si a todo eso le agregan un sonido de fondo rítmico y amortiguado -pum pum, pum pum, pum pum- e imaginan que la caja en vez de ser de madera dura, es de carne tibia y elástica, con dos brazos seguros que los rodea y los hace sentir queridos... de pronto, el parlante se convierte en una mamá, y la oyente en una niña pequeña adormeciéndose en su falda mientras escucha, sin preocuparse por entender, conversaciones sobre clases de idioma español y liceos y directores.




















'Mother and child'
Mary Cassat

3

Cambio de look

Como verán, quise cambiar un poco el aspecto del blog, estaba medio aburrida del diseño anterior. Me dio bastante trabajo; no sé nada de photoshop y se me antojó usarlo, ¡hasta tuve que instalarlo ayer! Todavía no está pronto del todo, pero bueno, espero que les gusten los cambios; las opniones son bienvenidas.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

3

Mala suerte

Mi hija pequeña me preguntó anoche qué significaba ‘mal agüero’. Yo estaba trabajando en la computadora, para variar; bastante distraída buscando información para una entrada que tengo a medio escribir, así que sin mucho pensar simplifiqué la cosa, pasé del pronóstico al resultado, y le contesté: “Mal agüero significa mala suerte,” y seguí con lo que estaba haciendo.

Alessa es una niña despierta y avispada; pregunta todo y no se contenta con cualquier respuesta, hay que contestarle algo convincente o seguirá preguntando hasta sentirse plenamente satisfecha, como anoche.

“Mamá,” insistió, evidentemente no conforme. “¿Y qué es mala suerte?”

En ese momento casi le contesto como la mamá de esa propaganda de jabón en polvo, que, ante una pregunta similar de su hijo, equiparó frustración con no sacarle las manchas a la camisa del marido. “Mala suerte es no encontrar una definición de serendipia que me conforme,” pero me dominé a tiempo y la miré.

Alessa estaba paradita a mi lado; de pie ella y yo sentada, nuestros ojos estaban a nivel, y como siempre, casi me ahogo en esos ojazos verdes que no sé cómo hice para concebir. Su expresión era de total concentración. Cerré la laptop y giré para prestarle toda mi atención.

“Hay gente que cree que si te pasan cosas malas, es porque tenés mala suerte. ¿Por qué me preguntás?”

“Dicen que trae mala suerte pasar por abajo de una escalera,” me dijo muy seria.

“Eso es una superstición, amor, algo que la gente cree, pero que no es verdad. No pasa nada si pasás por abajo de una escalera,” le contesté, intentando no reírme y tomármelo con tanta seriedad como ella. “Como mucho, se te caerá la escalera arriba.”

“Pero también dijeron que es malo que se te cruce un gato.” Y ahí el verde se tornó cristalino, y miró a Flor, la gata de la casa.

Como ya deben saber, Flor se acaba de salvar de su propia racha de mala suerte, lo cual sería buena suerte, ¿no? La cosa es que Alessa ahora cuida a su gata más de lo que cuida a Leo, su peluche favorito, y eso es mucho decir. Yo sentí que debía asegurar a mi hija que su gatita no le provocaría mala suerte y ya estaba abriendo la boca para decirle que no dan mala suerte los gatos en general, sino solamente los gatos negros, cuando me detuve y me puse a pensar qué estaba haciendo. Le acababa de decir a mi hija que lo de la escalera era una superstición, desmereciéndolo por eso, ¿y ahora la iba a tranquilizar con el color de los gatos que traen mala suerte? Ni ahí.

“No existe la mala suerte, Ale,” le contesté en cambio. “No va a pasar nada si pasás por abajo de una escalera o si te cruzás con un gato o cualquier cosa de esas que dicen. Son supersticiones: no son ciertas.”

“Pero yo rompí tu espejo el otro día y después se enfermó Flor,” me porfió ella.

Recién entonces entendí por dónde venía la cosa; la acerqué a mí y la senté en mi falda. “La gata se hubiera enfermado igual, no tuvo nada que ver el espejo,” le dije, tratando de sonar convincente. “Vos no tenés la culpa de lo que le pasó a Flor. Fue solo una coincidencia, dos cosas que pasaron a la vez. Además, la gatita está lo más bien, ¿o no?”

Al final me dijo que sí, pero no se la veía muy convencida. De cualquier manera no hablamos más del tema, es medio difícil ir contra el pensamiento mágico, y en los niños eso es muy fuerte; por más que yo le argumentara todas mis razones para no creer en la suerte o en las supersticiones, Alessa seguiría encontrando conexiones insólitas, y vaya a saber de qué más se podría llegar a sentir responsable.

A los cinco minutos ya estaba viendo ‘Ben 10’ en la tele y se había olvidado de gatos, espejos y malas suertes, pero yo seguí pensando. Nunca fui supersticiosa, aunque hay cosas que no hago, como matar grillos dentro de la casa o pasar por debajo de la famosa escalera (siempre me dio miedo que se me cayera encima, en serio, no se rían), sin mencionar decir ‘salud’ cuando alguien estornuda, dejar la cartera en el suelo o haberme puesto algo azul, algo usado, algo nuevo y algo prestado cuando me casé (así me fue). Pero de ahí a creer que alguna de esas cosas puede tener un efecto negativo o positivo en mi vida hay un trecho.

Yo veo que la gente muchas veces atribuye sus errores o frustraciones a eso difuso y sin mucho sentido que llaman ‘mala suerte’ y que les impide tener éxito en la vida, el amor o el trabajo. Eso me parece absurdo; es una forma de sacarse la responsabilidad de encima y ponerla en algo más, siempre está bárbaro tener qué – o a quién – culpar por los fracasos de uno. Las supersticiones son un bastón como tantos otros, y aunque algunos crean que se camina más seguramente con bastón, no pueden negar que también se camina con menos libertad.

Nunca le atribuí a la buena o mala suerte nada de lo que me pasó en la vida, soy muy laica y el pensamiento mágico no es mi fuerte. Más de una vez me han dicho que tengo ‘suerte’ porque tengo un trabajo seguro que me gusta y puedo mantener mi casa y a mis hijas sola. Eso me fastidia enormemente, no es suerte, son años de estudio, mucho trabajo, oportunidades aprovechadas, y buenas – o a veces malas – decisiones. En lo único que admito haber ganado la ‘lotería’ es en haber tenido hijas sanas, todo lo demás lo hice yo (con ayuda a veces, lo admito y agradezco, pero saber pedir y aceptar ayuda cuando es necesario también es uno, ¿no?).

Mi vida es mi responsabilidad, no de espejos, escaleras o gatos que se puedan haber cruzado en mi camino.

















Imagen: 'Luck' de Dan Springer

domingo, 15 de noviembre de 2009

5

Bonsai de bebe

Anoche mi hija mayor tuvo su primer cumpleaños de quince. Imaginen la emoción; hacía una semana que no hablaba de otra cosa: que el vestido, que los zapatos, que el peinado... Como parte de los preparativos fue a la peluquería y volvió con el pelo cortito como Lara (la protagonista de ‘La favorita’, una telenovela brasilera de la que no se pierde un capítulo), y ¿saben qué? odio a la peluquera, mi nena pasó de los trece a los dieciséis en tres tijeretazos locos.

Volvió a las seis de la mañana – el cumpleaños se alargó, no empezó hasta que no terminó el partido Uruguay-Costa Rica – afónica de tanto gritar, y feliz, con su vestido azul, zapatos de taquito y ojos brillantes.


Yo la miro y no puedo creer que haya crecido tanto. A veces desearía haber hecho bonsai de bebé hace años: dejarla estacionada en el tiempo cuando todavía la podía mimosear y divertir y siempre estaba de buen humor... Pero ya es tarde, ya no es un bebé, ni siquiera una niña; es una adolescente con todos sus esplendores y sobresaltos. ¡Y yo la madre de una adolescente!

No hay caso, me siento vieja.

jueves, 12 de noviembre de 2009

7

Los pájaros y yo

Hoy me pasé gran parte de la mañana aburrida. Se acerca el fin de cursos y los chicos cada vez se acuerdan menos de que existen los libros, la biblioteca y por supuesto, la bibliotecaria; es como una epidemia de amnesia estival, y eso que recién estamos en noviembre (ya quisiera yo poder olvidarme de que me tengo que levantar temprano para ir a trabajar, pero no hay caso, no me contagio).

Como siempre que estoy aburrida, me puse a bobear en Internet. Se me ocurrió que podría tratar de unir todas las redes sociales esas a las que me he suscrito, algunas por novelera y otras por aburrida, valga la redundancia, así que me puse en campaña. Obviamente, a miles de personas ya se les había ocurrido hacer lo mismo que a mí (en Internet es bien fácil encontrar métodos y procedimientos para prácticamente todo lo que se le pueda ocurrir a uno, y para cosas que no se le ocurrirían también), y se ve que vincular redes sociales es de lo más comuncito. Hace unos días había logrado publicar en mi Facebook las entradas de EriSada, así que hoy me puse en campaña para vincular el blog con mi cuenta de Twitter, y ya que estaba: el Facebook con el Twitter, el Twitter con el Facebook, Facebook con Facebook , Twitter con Twitter, y ainda mais.

El tema es que apenas terminé de hacer todo eso (todo me salió, menos el vínculo de Facebook al Twitter), me volví a aburrir. Como ya he dicho en alguna ocasión, no le encuentro demasiada utilidad al Facebook, aunque admito que tiene lo suyo, con los jueguitos y las encuestas y esas bobadas, ¿pero el Twitter? No hay caso, no me llevo con él.

¿Saben? Casi me sentí mal (casi nomás, me repuse enseguida; no me suelo sentir mal por ir contra la corriente y esta vez no fue la excepción) porque así como lo veo yo, la mayoría de la gente – porque debo reconocerlo, son miles que opinan distinto que yo – twittea duro y parejo y la pasa bárbaro. Como en la foto.


Pero por supuesto, no es mi caso. Ahí estoy yo en disfraz de Tippi Hedren, se nota el amor que nos tenemos con el pajarito, ¿no?





Supongo que algún lector observador habrá notado que incluí botones a mi cuenta de Facebook y Twitter en la barra lateral – también encuadrado en mi afán de tener todo vinculado – pero no les recomiendo seguirme allí. Seguramente se aburran aún más que yo en la biblioteca hoy de mañana.



 

lunes, 9 de noviembre de 2009

2

El temblor

La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz,
bajar,
lamer el eje vertical,
contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.

Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lengua
hundida en mis salivas.

Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua me recorre
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
oscura de la lluvia.

La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti
y canta germinal en tu garganta.


José Ángel Valente

miércoles, 4 de noviembre de 2009

7

Fuerza Flor

Alguien en mi barrio está envenenando gatos. Ya aparecieron dos mininos muertos en mi jardín, uno de ellos mi pobre Blue – que en paz descanse – y el segundo un ‘novio de Flor’, mi otra gata. A la vecina de la vuelta también le mataron el gato y una amiga de mi hija mayor perdió el suyo hace dos días. Anoche, mientras preparaba la cena, Flor entró haciendo eses, presa de espasmos musculares y con la boca llena de espuma, la última víctima. Salimos corriendo para la veterinaria entre llantos varios: mis hijas lloraban, yo lloraba, y la gata lloraba, parecía un réquiem de Mozart. Sin embargo, pese a los pronósticos y seguramente gracias a algún dios ignoto de los gatos, la doctora pudo detener el daño con un antídoto y mucho suero; Flor todavía no está fuera de peligro pero sobrevivió la noche y viene defendiéndose con fuerza, para ser una gatita que aún no tiene un año.


Mi hija Alessa y Silver, otro gatito que
envenenaron mis buenos vecinos.


No me voy a poner a hacer discursos sobre la maldad de la gente – que alguien se entretenga matando gatos ni se compara con otras cosas que puede llegar a hacer el ser humano – pero estoy tan enojada que no puedo menos que escribirlo acá aunque sea.








EDICIÓN: por suerte Flor se salvó, después de tres días de antídoto y suero pudo sacar el veneno de su cuerpo y se recuperó. Ya anda por acá, ronroneando y pidiendo leche como los siameses de la Dama y el Vagabundo.

Ir Arriba