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martes, 18 de diciembre de 2007

4

Señor, si usted sabe. . .

Señor,
si usted sabe
que yo ahora estoy celosa
por lo que me ha dicho,
tenga al menos el detalle de no hacérmelo notar durante
la cena.

(Nunca en mi vida enrollé espaguetis con tanto odio.)

Almudena Guzmán

sábado, 15 de diciembre de 2007

3

Alquimia

Ella había decidido que quería que él la recordara. Eso fue lo primero, esa determinación. Después se dedicó a pensar qué quería que recordara. Era claro que no se iba a acordar de ella en su totalidad, la gente no se acuerda de todo de otras personas, aun aquellas que fueron importantes en sus vidas. Los rostros se desdibujan, las vivencias se nublan y confunden, los detalles se pierden. Uno recuerda partes del otro, a veces buenas, a veces malas; aspectos importantes o pequeñeces. La memoria es una cosa extraña: selectiva y caprichosa. A ella no le gustaba esa cualidad distraída de los recuerdos. Quería que él la recordara por algo que ella pudiera controlar.

Se paró frente al espejo, mirándose con cuidado. Lindo pelo, oscuro y brillante. Buena piel, suave – él siempre le había elogiado la piel. Ojos inteligentes, sonrisa abierta, boca sensual. Así la había descrito más de una vez. Giró despacio. Pechos grandes y pesados, pezones rosados; le gustaba besarle los pezones. Se miró bien, crítica. Era linda, sí. Pero no había nada demasiado especial, hermoso o destacable en su cuerpo. En realidad no le interesaba que recordara ninguno de esos rasgos en particular. Difícil que pensara en su boca cuando besara otra boca, o en su piel cuando sus manos acariciaran a una nueva mujer.

No. Tenía que ser algo diferente. Hay gente que comparte una canción, pero ella no era Ilsa ni él Rick. Tampoco tenían París. Ni siquiera Montevideo. Y la verdad era que no sabía si quería que la asociara con una ciudad.

Decidirse a construir una memoria no era algo fácil. ¿De qué cosas se acordaba la gente? ¿Qué disparaba un recuerdo? ¿Imágenes, sonidos, sabores, aromas…?

Aromas.

La torta de manzanas de la abuela, el humo de marihuana en los baños del liceo, la piel tabacalera de su primer amante, la pureza de sus bebés… su vida podría contarse con una sucesión de aromas. Nunca podría sentir alguno de esos olores sin remitirse al Original.

Decidir cuál sería su perfume fue fácil. Nada de flores: rosas, jazmines, violetas… no. No le gustaban los lugares comunes. Nada de maderas ni musgos, demasiado masculinos. Almizcle, pachulí, sándalo... muy dulces, no iban con su personalidad. No. A ella le gustaban los perfumes cítricos y livianos. Desvergonzados. A ella le gustaban los limones.

En el fondo de su casa infantil había un patio español, y en el centro, como en un altar de mayólicas, un limonero añoso. Lo tenía bien presente. Azahares en setiembre, ramas pesadas de amarillo en enero. Un limonero tan grande que tentaba a treparse, solo para detenerla las espinas. Recordaba los limones frescos en la canasta de la mesada, y en la garganta la limonada.

¿Qué mejor forma de grabarse en su memoria? Un aroma tan familiar y a la vez original. Lo imaginaba partiendo limones y pensando en ella, tal vez excitándose con el recuerdo. Sí, estaba decidido, serían limones.

Se puso en campaña con el mismo entusiasmo con que emprendía todos sus proyectos. Eligió el perfume más alimonado que pudo encontrar, consiguió aceites, cremas y jabones de la misma fragancia, y no usó ninguna otra. Ya había encontrado su perfume perfecto, y sin llegar a los extremos de Grenouille.

Cada vez que lo veía se preparaba esmeradamente. Al bañarse, extendía la espuma aromática por su piel, dejándola absorber la fragancia, y aspiraba profundamente ese aroma a limones que la trasladaba a los días de su infancia fresca y vital. Luego, aún húmeda, se aplicaba el aceite perfumado acariciándose como un amante amoroso y volvía a sentirse mujer.

Finalmente, se perfumaba. Perfumaba su piel allí dónde estaba más caliente y la sangre latía afanosa. Su nuca, detrás de las orejas, el pulso, la parte interior de sus codos y rodillas y el pliegue de su escote. Perfumaba su cabello, dónde nacía, y lo recogía para aprisionar la fragancia y soltarlo en el momento justo. Perfumaba su ropa y sus pañuelos. Hacía que su presencia se expandiera a su alrededor cual halo mágico y alimonado.

Se convirtió en experta en la alquimia del perfume.

Ella sabía que él lo apreciaba. Se le acercaba inspirando profundamente; le besaba la nuca y suspiraba. Más de una vez le había dicho que le gustaba su aroma, y mencionado los limones como una fruta tentadora. Y en el sueño se arrellanaba contra ella, sumergiendo el rostro en la almohada de su pelo.

Estaba satisfecha.

Una noche, después de una apasionada sesión de deporte sexual, se acomodó a lo india en la cama, contenta y serena. Tenía las sábanas enredadas en los muslos, el cabello largo cubriéndole el pecho y la boca ansiosa de algo fresco. Medio distraída, estiró una mano hacia el bol de cristal que tenía sobre la mesa de luz, tomó una frutilla grande y roja y la saboreó con gusto, como era su costumbre después del amor.

Era un ritual infaltable, las frutillas de ella y el cigarrillo de él.

Desde su lado de la cama, los ojos entrecerrados por el humo, él la miraba. Con un movimiento fluido que la sorprendió, le sacó la fruta a medio comer de entre los dedos, se la metió en la boca y la besó con ansias, embriagándose con ese cóctel de mujer y frutillas. Antes de que tuviera tiempo de responder el beso, él se apartó otra vez.

“Creo que nunca más voy a comer frutillas sin pensar en vos,” le dijo.

A ella la carcajada le salió del alma, tanto hacerle el amor a los limones y él la recordaría por las frutillas.

“Me parece muy bien,” le contestó risueña cuando pudo volver a hablar, mientras se lamía los dedos manchados de rojo, y con olor a limón, uno por uno.

limones

martes, 11 de diciembre de 2007

6

t cuento q

No sé si sabían que Antel organizó, hace un par de meses, el '1º Concurso Nacional de Minicuentos por SMS'. Los cuentos no podían tener más de 160 caracteres (espacios incluidos) y debían ser enviados vía SMS al 827 o TC(uento)Q.

casi 42.000 minicuentos fueron enviados al 827

Muchísima gente decidió que tenía pasta de escritora y la convocatoria fue masiva. Casi 42.000 minicuentos fueron enviados al 827, y el jurado compuesto por los escritores Mario Delgado Aparaín, Helena Corbellini y Carlos Liscano anunció ayer a los seleccionados. El feliz ganador se hizo poseedor de una preciosa laptop y servicio de Internet por un año, los diez siguientes recibieron tarjetas de teléfono de 500 pesos y los 89 restantes aparecerán en el libro “T Cuento Q, el libro de los cien minicuentos” que publicará la Biblioteca Nacional.

Obviamente, yo también participé. Envié varios minicuentos al 827, pero no gané nada. Una pena.

Aunque en realidad no puedo decir que no ganara nada… Claro, no gané la laptop, ni 500 pesos en minutos, ni voy a aparecer en el libro, pero sí la satisfacción de que la mayoría de la gente que leyó mis cuentos me dijera que estaban lindos.

Incluso este blog es consecuencia directa de ese concurso, bajo sugerencia de la Vaga. “Escribís bien, guacha,” me dijo. “Deberías hacerte un blog.” Y como soy bien mandada, aparte de majadera y fanfarrona, acá tienen mi blog. Y mis minicuentos.

(Nótese que cada párrafo es un minicuento independiente, esto va para la Estrella)

Huélala. Muérdala despacio… deje que el jugo le endulce la boca. Arranque la pulpa y trague con gusto. Ahora imagine que soy yo.


Gruñe irritada: hambre. Necesita acostumbrarse, lo sabe. Pero vivir muerta -aun con sus ventajas- arruina la estética de todo. A ella nunca le gustó el rojo.


“Soltame,” le advirtió tranquila. Él no la escuchó y trató de besarla, una mano en su pecho. La navaja fue más elocuente. Se lavó las manos antes de irse.


Ofelia dormida entre lirios. Así te ves, amor, bajo el espejo del agua, ahora quieta. ¿Desde cuándo la muerte no es hermosa?


“Nunca hice algo así. Mi mujer, ¿sabe? Ella está-” La puta prendió un cigarro y arqueó una ceja. “¿Qué? ¿Fea, loca, de acuerdo?” Él le miró las tetas. “Muerta.”


Dejaré la ventana abierta, la cama sin llave. Mi cuerpo dispuesto esperándolo en ella. Pero no se equivoque, yo sí tengo candado, tranca y cerrojo.


Tenía la certeza de que moriría virgen. Con una mano de uñas muy rojas tironeó la sábana y le tapó la cara. Otro necio. No entendía por qué nunca le creían.


Abrió los ojos. Él dormía a su lado, la cara enérgica suavizada por el sueño. Besó el recodo de su boca, y lo oyó suspirar. Satisfecha, se volvió a dormir.


El leve aroma a limón y piel suave lo arrancaron del sueño. Una sonrisa invadió su rostro al recordar la noche pasada. La piel le hormigueó de deseo. Otra vez.


“El Diablo me obligó”, repetía una y otra vez. “Él me obligó.” A sus pies, la sangre se empozaba. Más allá, dónde sólo ella podía verlo, el Diablo sonreía.


El húmedo, secreto placer de su lengua buscando la mía era intoxicante. Por un momento que duró muy poco, mi mundo se redujo a él y el beso que compartíamos.


El puño se detuvo, al fin. El hombre evitó esos ojos fijos, pero por un momento, su mirada le acarició el cabello largo, ahora sin brillo. Luego se alejó, sin mirar atrás.


No dormía, aunque sus ojos cerraban. Los dedos de ella le recorrieron la cara, como tratando de tatuarla en su memoria. “¿Te dije que te amo?” “Hoy no.”


Ella se mordió el labio, irritada -un gesto demasiado femenino para esa cara deformada e hirsuta. “¡No otra vez!” La luna llena, de arriba, parecía burlarse.


Mi mujer siempre olía a limones recién partidos. Y era igual de ácida. Sigue siendo. Desde que la maté no he podido disfrutar de una limonada.


Un reencuentro casual. El café que se enfría en la taza. El sonido de tu voz me aturde y tus ojos me encandilan. Tu mano en la mía me trae a tierra. Nos olvidamos de la propina.


“¡No quise lastimarlo!” dijo desesperada. Se miró las manos rojas de sangre y luego al agente, implorante. “Es que el cuchillo se me escapó… veintidós veces.”


Ya es tarde para mí. Debí atender la advertencia tatuada en tu frente, pero alcanzó una probada de tu boca para contaminarme. Sos tóxico y no hay antídoto.


La desnudista se desprendió el top y lo lanzó al público. Los tipos saltaron para alcanzarlo, cual solteras en una boda soñando el ramo - aunque menos ferozmente.


Confusa, se miró los dedos rotos y al ángel ceñudo que la acusaba desde la cripta violada. Quiso respirar y no pudo. Recién ahí se dio cuenta de que estaba muerta.


Hoy es tu cumpleaños. Y acá estoy, viendo como la lluvia desborda pequeños ríos en el cristal mientras trabajo. No te culpo si no me esperás, yo no lo haría.


Ausente, miró la sangre en su brazo. Él la había cortado ahí, recordó, y más, antes que lo matara. El anillo de una lágrima clara se dibujó en el rojo, limpiándolo.

jueves, 6 de diciembre de 2007

2

Mi reino por un fósforo


Yo no fumo. Para la mayoría de la gente, y para mí la mayoría del tiempo, no fumar es una ventaja. Casi todos los fumadores que conozco reniegan de su vicio. Sin embargo, hubo un momento hace unos años cuando no fumar me hizo sentir totalmente desvalida.

“¿Pueden creer lo que me pasó la otra noche?” les dije entonces a la Tere y la Otra, mis amigas, mientras las miraba prender un cigarrillo. “¡Necesitaba fuego y no había ni un hombre cerca!”

Todavía me acuerdo de cómo me miraron; ahí pensé un poco y me repetí lo que acababa de decir… no encontré nada raro y seguí adelante.

“Sí, es que me quedé sin fósforos y… Bueno, ¿qué pasa?” pregunté ante la continuada cara de perro de mis amigas. “Esperen que les explico,” me apresuré a seguir, segura de que me iban a entender apenas supieran lo que había pasado.

Llovía. Acá en mi pueblo, caen dos gotas de agua y tenemos apagón, y aquella noche caían más de dos. La tormenta era tremenda, de esas que asustan a los niños y hacen que las viejas tapen los espejos. Obviamente, se cortó la luz. Nada demasiado complicado. ¿Quién no ha estado en un apagón? Se prenden algunas velas y listo.

Aparte, los apagones cuando llueve tienen algo de mágico. Las velas dan al ambiente un toque especial y hay cierto atavismo en eso de reunirse alrededor del fuego, aunque sea la llama temblorosa de una vela. Y son románticas. Si además le sumás el sonido de la lluvia y los truenos, el resplandor de los relámpagos y la ausencia del sempiterno televisor – o en mi casa, la computadora – los apagones se convierten en veladas diferentes y encantadoras...

El tema fue que… ¡yo no fumo!! Supongo que se preguntarán qué tiene que ver una cosa con la otra. Por favor, no me miren como la Tere y les explico a ustedes también.

Es que no conozco un fumador que no ande siempre con un encendedor o fósforos encima – los cigarrillos no sirven de nada si no se encienden, ¿no? Bueno, pues las velas – sí, esas velas tan lindas y románticas, y la cocina – sí, esa cocina no tan linda ni tan romántica, tampoco. Ni hablar de la estufa a leña – el súmmum del romanticismo. Sin fósforos o un encendedor, no sirven para nada, ¡aun un boy scout necesita tres palitos y un fósforo para encender una fogata! Y eso fue precisamente lo que me pasó esa noche, ¡no pude encontrar un puto fósforo en toda la casa!

La oscuridad era total, llovía que parecía el Diluvio Universal, los truenos hacían temblar los vidrios de la casa y ¡no había ni un hombre que fumara cerca! Fue en este momento de mi historia cuando Tere y la Otra me volvieron a mirar con cara de pocos amigos... las dos fuman. Y son mujeres.

“Nena, estás mal,” me dijo la Otra. “Te salió el dolor del alma.”

Es claro que tenía razón. Ella suele tener razón, es sorprendentemente lúcida. En realidad lo que yo extrañé esa noche no fueron los fósforos, ni a un fumador anónimo que me los proveyera, sino a mi ex, que era fumador y que siempre tenía encendedor encima.

Para quebrar una lanza a mi favor, sepan que en mi familia las mujeres no fumamos. No sé por qué, supongo que casualidad. Pero no fumamos. Ni una sola. Mi madre, hermana, primas, abuelas, tías, yo... ninguna fuma. Sí lo hacen, o lo hacían, los hombres: mi padre, mi ex, mi cuñado, mi abuelo, tíos, primos... No es disculpa por ser tan ciega, solo una aclaración.

Volviendo al cuento, creo que pocas veces me sentí peor que esa noche. No había luz, pero eso era lo de menos, el tema es que tampoco había calefacción, ni nada que comer. Mi cena planeada – carne con papas y boniatos – implicaba horno, que es eléctrico, y todo lo que había en el aparador implicaba fuego, que no podía prender; en la heladera solo había leche, generalmente no hay mucho más, así no me tiento; y mis nenas tenían hambre, frío y estaban asustadas.

Me sentía como Ricardo III, en cualquier momento gritaba: “¡Un fósforo! ¡Un fósforo! ¡Mi reino por un fósforo!”

Me acuerdo que les di un vaso de leche, fría, claro, a cada una y las acosté conmigo en la cama grande. Tratando de hacer oídos sordos a sus quejas, les empecé a contar de Francie Nolan y su mamá, Katie.

Los Nolan eran una familia de gente humilde que vivía en Brooklyn a principios del siglo pasado. La novela ‘Un árbol crece en Brooklyn’ fue una de mis favoritas de la niñez, al igual que ‘Jane Eyre’ – no sé qué hay en esas historias de heroínas sacrificadas que le gusta tanto a los niños.

Cuando la cosa estaba tan difícil que no había qué comer en casa de los Nolan, la mamá se metía a la cama con Francie y su hermano y jugaban a que eran exploradores a los que se les habían acabado las provisiones mientras escalaban alguna montaña.

Parecía más fácil en el libro, o los Nolan estaban más acostumbrados a pasar privaciones. Mis hijas no encontraron divertido el cuento, y me dijeron que no les gustaba jugar a eso.

Ale, muy seria, me explicó que ella no quería subir montañas, que lo que ella quería eran boniatos, y Eli me repitió por vigésima vez que su papá siempre tenía un encendedor. “Sí, mi amor, ya sé que papá tiene encendedor,” le contesté suavecito, tratando de no perder la paciencia; la niña no tenía la culpa de mi incompetencia, al fin y al cabo. “Nosotras también… en algún lado.”

Aparte de mi drama personal con los fósforos y los fumadores, no pude dejar de ponerme en el lugar de todas esas madres que acuestan a sus hijos sin nada en el estómago, pero seguramente no por motivos absurdos como el que me aquejaba. Un lugar que, desde mi posición de privilegio como profesional de clase media, nunca había ni siquiera rondado. No me gustó nada, aunque saber que llegado el día todo iba a volver a la normalidad lo hizo más tolerable, como el idealista que se cubre los ojos para vivir como ciego, pero que sabe bien que la venda se puede sacar en cualquier momento.

Creo que esa noche hubiera empezado a fumar, con tal de no sentirme tan mal. O llamado a mi vecino, que también fuma. ¡Hasta al sodero! Pero esto nunca se lo dije a nadie, ya no cometo los mismos errores. Aprendí.

Ya no les digo a mis amigas fumadoras que necesito un hombre para prender una vela. Ahora les digo que necesito un fósforo, aunque a veces sea casi la misma cosa.

martes, 4 de diciembre de 2007

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Wet dreams

The hand caressed her back, under the nightgown. Alessa protested and slapped it away. Stubbornly the hand moved again, this time around her nape, caressing, cajoling; moving her long hair away. The other hand moved along her spine, tracing little circles down to the small of her back. Alessa stirred and smiled. She kept her eyes closed though, and enjoyed the mounting feeling. Soon the mouth joined the hands on their job, and it started placing little kisses on her warm skin. She felt her nightgown being raised up her legs and past her arms and head.

Still she pretended to sleep.

Alessa felt him kneel by her side, and his hot breath on her skin; goose bumps formed in her back and arms. His hands continued their sweet cajoling and hers clamped on the wrinkled sheets. She bit her lip to refrain a moan as he kept on caressing and kissing her, from nape to waist, concentrating on the skin of her back, not saying a word. When she felt she couldn’t stand it any more and tried to turn around to respond to him, his hands turned strong and kept her face down. She sighed and gave way to the game.

“Chance,” she whispered, “I...”

“Shh,” he interrupted and leaned to silence her with a kiss. Her mouth bit his, hungry, but he retired before she could stop him. Frustrated, she tried to turn again, only to be stopped once more. “Not yet,” he said and she moaned again, in anticipation.

Finally, she felt him lie on top of her and just stay there. She welcomed his familiar weight on hers and smiled again, her arms stretching backwards to hold him. He took her hands in his and led them back towards the mattress, beneath her body. With a swift movement, he reversed their positions, now with him beneath her, but still not facing each other. Alessa laughed, and giving up any pretense, she leapt forward to disentangle from his hands, turning to face him.

It was very dark and only the moon’s silver reflection on the mirror on the wall faintly illuminated the room. However, it was enough to see her lover, enough to see the vampire's yellow eyes glowing on his face.

“Hello Alessandra,” he said, and started to laugh.

She cried.

Her screaming woke him. He jumped in confusion to find her sitting up in bed clutching the covers and screaming. Her eyes were open, but unfocused. He grabbed her shoulders and shook her, getting no response.

"Alessa! Wake up. It's just a dream." He shook a little harder and was surprised when he received a hard blow on his jaw. She jumped over him and they both fell to the floor, her fists still showering blows on his face. Trying to avoid her hands without hurting her, Chance grabbed her arms and tried to still the hysterical woman in his arms.

Alessa!!” he cried again, “Stop it, love! It’s me, it’s Chance!” But she didn’t hear him, she couldn’t hear him. Surprised, he noticed that she was naked and involuntarily he stirred. Annoyed with himself, Chance slapped her with a little more force than he had intended.

The blow was effective, though; Alessa stopped struggling and looked at him. He was relieved when sanity crept into her eyes and the screaming stopped.

“Chance?” she asked, and he nodded, a little shaky, letting go of her arms but uncertain of what to do next. He almost fell down on his back again when she threw herself into his arms, this time to hold him. “Oh, Chance!” Alessa closed her eyes, and buried her face against her lover's neck. The harder she tried to fight it, the harder she cried. Her entire body shook with each sob as she clung to him.

Chance wrapped her in his arms and held her tight as she cried. He didn’t tell her to stop. He hadn’t seen her cry like this in all the time they had been together. He just let her cry.

On the other side of the city, the vampire lost the connection with his prey, but he kept on laughing.

domingo, 2 de diciembre de 2007

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Desnudo en Sombra

Volverse a enamorar.
Besar una piel que sabe distinto,
no encontrar puntos de referencia
que indiquen el momento justo, la caricia perfecta,
la mano compañera.
Retornar a un cuerpo nuevo
sin los huecos del anterior,
no poder palpar una nuca excitada,
una espalda con escalofríos conocidos.
Qué pobre se queda el intento de amar igual a la primera vez.
Cómo pesa una boca tan sabida,
tan llena de humo compartido
ante la desconocida tan poco explorada, tan miedosa.
Cuánto cuesta abandonarte, lavarme de tu olor,
quitarme las huellas de tu peso,
desdoblarme en otra Almudena
y comenzar a hacer mía una figura
de la calle que me asusta y que ¿quiero?
poseer, pero... tú, ahí estás tú,
traspasando con tu desnudo mi sombra,
consolándome pesaroso de mi dolor al terminar,
tu sonrisa y tu cigarrillo,
ese brazo moreno rodeando mi cintura
y llevándome a un lecho desordenado...

y tus manos de violinista
volando y enredándose en mis senos.

Almudena Guzmán

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